Durante siglos, el jengibre ocupó un lugar discreto pero constante en la cocina y en los remedios caseros. El clásico té para el dolor de garganta atraviesa generaciones y sigue vigente. Sin embargo, la ciencia moderna comenzó a mirar más allá de la tradición para entender qué hay detrás de ese alivio tan conocido.
El médico Sebastián La Rosa, especializado en longevidad y metabolismo, sostiene que el jengibre no solo tiene respaldo cultural, sino también evidencia científica sólida. Sus efectos sobre la inflamación, la microbiota intestinal y algunos mecanismos del envejecimiento lo convierten en una herramienta interesante, especialmente para la prevención del dolor.
Inflamación, dolor y algo más que un remedio casero

“La inflamación es uno de los grandes motores del envejecimiento y de muchas enfermedades crónicas”, explica La Rosa. En ese punto es donde el jengibre muestra uno de sus perfiles más estudiados. Sus compuestos activos, principalmente gingeroles y shoagoles, actúan modulando la respuesta inflamatoria del organismo. El mecanismo no es menor: inhiben la producción de prostaglandinas, de forma similar a fármacos de uso cotidiano como el ibuprofeno o el paracetamol.
La comparación no implica que el jengibre sustituya a un medicamento, pero sí que comparte vías biológicas relevantes. Estudios clínicos han observado beneficios en patologías inflamatorias como la artritis reumatoide, la colitis ulcerosa, la enfermedad de Crohn o la psoriasis. Además, se registraron descensos en marcadores inflamatorios habituales en análisis de sangre, como la proteína C reactiva o el TNF alfa.
El efecto no se limita al dolor articular o digestivo. En las vías respiratorias, el jengibre también muestra resultados prometedores. Al regular los canales de calcio y determinadas respuestas inmunes, favorece la relajación de la musculatura bronquial. Esto se traduce en una mejoría sintomática en personas con asma o bronquitis, algo especialmente valorado por los especialistas en patologías respiratorias.
Ahora bien, La Rosa es claro al señalar los límites. En concentraciones muy altas, especialmente cuando se utilizan extractos aislados, el jengibre puede potenciar efectos antitrombóticos. Por eso, las personas que toman anticoagulantes o aspirina deben extremar precauciones. En el uso culinario cotidiano, ese riesgo no existe, pero conviene conocerlo cuando se habla de suplementación.
Microbiota, envejecimiento y el uso práctico del jengibre

Más allá de la inflamación, uno de los campos donde el jengibre despierta mayor interés es el de la microbiota intestinal. No es un probiótico ni un prebiótico en sentido estricto, pero influye de forma indirecta en la composición bacteriana. Estudios en modelos animales demostraron que su consumo mejora la diversidad microbiana y favorece bacterias asociadas a la producción de ácidos grasos de cadena corta, como el butirato, clave para la salud metabólica e inmunológica.
Este punto resulta especialmente relevante en personas con disbiosis, un desequilibrio de la microbiota cada vez más frecuente y vinculado a dietas pobres, estrés y sedentarismo. Según Sebastián La Rosa, “no es una solución mágica, pero sí una ayuda sencilla y sostenible para empezar a corregir el problema”. Incluso en contextos de mala alimentación, el jengibre mostró reducir inflamación, aumento de peso y riesgo de hígado graso en estudios experimentales.
El impacto no termina ahí. Algunos componentes del jengibre, como el citral, reducen la formación de TMAO, una sustancia relacionada con la aterosclerosis y el riesgo cardiovascular. De nuevo, el efecto se produce a través de la microbiota, modificando las bacterias responsables de ese metabolismo perjudicial.
En el terreno de la longevidad, La Rosa explica que el envejecimiento no es un proceso único, sino la suma de daños celulares que el cuerpo deja de compensar. El jengibre actúa sobre algunos de esos mecanismos, en especial los vinculados al metabolismo de la insulina, el IGF-1 y el crecimiento celular. En humanos, su consumo se asoció a reducciones de glucosa, triglicéridos, colesterol total e incluso hemoglobina glicosilada, indicadores que muchos pacientes controlan de forma rutinaria.







