El colesterol no es el villano, pero puede volverse una señal importante. Durante años nos han contado la historia como si fuera una película con dos personajes claros: el colesterol “bueno” por un lado, el “malo” por otro. Y ya está. Fácil. Ordenado.
Pero… la vida no suele ser tan limpia, ¿verdad?
Cada vez más expertos están diciendo algo que al principio choca: esa división es una simplificación enorme. Una especie de etiqueta rápida que nos hemos creído porque era cómoda.
Porque HDL y LDL, en realidad, ni siquiera son colesterol en sí. Son como vehículos. Como pequeños transportadores, “barquitos” que llevan grasas por la sangre. Y un barquito… no es malo por existir.
El problema no es que esté ahí. El problema es cuando se estropea.
Cuando el azúcar lo complica todo

Aquí viene una parte importante, y no siempre se explica bien. Imagina que esos barquitos llevan su carga tranquilamente, haciendo su trabajo. Pero si en tu cuerpo hay demasiado azúcar circulando (por ultraprocesados, sedentarismo, estrés, noches malas…), ese azúcar empieza a pegarse a las proteínas del barquito. Es como si se le formara una costra encima.
Eso se llama glicación. Suena técnico, sí, pero en el fondo es bastante humano: el cuerpo se va desgastando por dentro sin que nos demos cuenta.
Y el estrés… bueno, el estrés es gasolina para este incendio. Cortisol alto, adrenalina… vivimos acelerados todo el día. Y claro, el metabolismo también lo nota.
Cuando esos transportadores se modifican, el hígado deja de reconocerlos bien. Ya no los recicla como debería.
Y entonces pasa algo peligroso: se quedan demasiado tiempo circulando, dando vueltas, oxidándose.
Y ahí empieza el problema de verdad. No por el colesterol. Sino por lo que se convierte con el tiempo.
No es un número: es una historia completa

A veces vamos al médico, nos hacen una analítica rápida y nos dicen:
“Tienes el colesterol alto”.
Y ya.
Como si con eso bastara para saber si estás en riesgo o no.
Pero no funciona así.
Los expertos insisten en que mirar solo colesterol total o triglicéridos es como juzgar una película viendo solo una escena. Para entender el riesgo real, hace falta un perfil más completo. Por ejemplo:
HbA1c, que muestra cómo ha estado tu azúcar en los últimos meses.
Homocisteína, que es un marcador silencioso de riesgo cardiovascular.
Ácido úrico, que (curiosamente) es una parte importante de la defensa antioxidante del endotelio.
Relación HDL/triglicéridos: si el HDL es igual o superior, el riesgo suele ser bajo.
APO A y APO B: cuando APO A domina, el riesgo puede ser mínimo.
Y marcadores como LPA o LDL oxidada, que ya entran en genética y oxidación real.
En resumen: no es solo “cuánto colesterol tienes”, sino qué está pasando dentro de ti.
¿Y las estatinas? El debate incómodo

Aquí viene el tema delicado. Porque durante mucho tiempo, si alguien tenía 220 o 240, la respuesta automática era: estatinas. Sin preguntas. Sin contexto.
Y muchos especialistas dicen que esto es un error que viene de protocolos antiguos. No porque las estatinas “sean malas”, sino porque se usan como parche rápido.
Como poner cinta adhesiva sin mirar dónde está la fuga.
Una metáfora lo explica genial: no importa solo cuántos coches hay en una carretera. Importa la velocidad, el conductor, el estado del asfalto. En el cuerpo, eso es: oxidación, glicación y estilo de vida.









