lunes, 26 enero 2026

Todo empezó con un cartel en el portal… y acabó en guerra vecinal

Javier Molina, 47 años, pensó que mudarse a un edificio tranquilo del centro de Zaragoza le iba a ahorrar disgustos. Lo que no esperaba es que, a las pocas semanas, el portal de su comunidad se convirtiera en una especie de tablón de reproches y carteles anónimos. Todo empezó con un folio pegado junto al ascensor, escrito en mayúsculas y con subrayados: ESTO NO ES UN HOTEL. RESPETEN LAS ZONAS COMUNES. Nadie firmaba. Nadie explicaba nada más. Y, como suele pasar en estos casos, aquello fue solo el principio.

En cuestión de días aparecieron nuevos carteles. En la puerta del garaje, otro mensaje avisaba de que “algunos vecinos” aparcaban mal. En el cuarto de contadores, alguien recordaba que “hay personas mayores que necesitan silencio”. Incluso en el portal, junto al felpudo comunitario, surgió un papel que decía: Si no sabes cerrar la puerta, aprende. El tono, siempre el mismo: seco, acusatorio y sin dar nombres.

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Cuando el papel sustituye a la conversación

Javier reconoce que al principio le hacía gracia. “Pensé que era una anécdota, alguien un poco maniático”, cuenta. Pero con el paso de las semanas el ambiente se volvió más tenso. Nadie sabía quién era el autor de los mensajes, pero todos se sentían señalados. Algunos vecinos empezaron a hablar en susurros en el ascensor. Otros retiraban los carteles enfadados, solo para encontrarlos de nuevo al día siguiente.

Este tipo de comportamientos no son tan raros como parece. Administradores de fincas consultados aseguran que los carteles pasivo-agresivos son una de las primeras señales de que hay un conflicto latente en una comunidad. “Es la forma que tiene alguien de desahogarse sin dar la cara”, explican. El problema es que, lejos de solucionar nada, suele empeorar la convivencia.

El efecto boomerang: todos se sienten culpables

En el edificio de Javier, nadie sabía exactamente a quién iban dirigidos los mensajes. ¿Era por el ruido? ¿Por la basura? ¿Por visitas? Esa ambigüedad provocó que muchos vecinos empezaran a vigilarse entre sí. “De repente parecía que todo el mundo hacía algo mal”, explica una vecina del segundo. El resultado fue un clima de sospecha constante.

Algunos carteles incluso incluían amenazas veladas: La próxima vez se tomarán medidas. Sin aclarar cuáles ni quién las tomaría. Para varios propietarios, aquello cruzaba una línea. “Una cosa es recordar normas y otra intimidar”, comenta Javier.

juntas de vecinos
Carteles para hablar con vecinos

¿Es legal llenar la comunidad de avisos anónimos?

Desde el punto de vista legal, los carteles informativos no están prohibidos si recuerdan normas reales de la comunidad. El problema llega cuando el contenido es ofensivo, intimidatorio o genera un ambiente hostil. Si además se colocan en zonas no autorizadas o se repiten de forma insistente, la comunidad puede exigir que se retiren.

Los expertos recomiendan que cualquier comunicación se haga a través de los canales oficiales: el administrador, el presidente o una circular consensuada. Los mensajes anónimos, lejos de ayudar, suelen alimentar enfrentamientos personales que luego estallan en juntas de vecinos interminables.

El día que se descubrió al autor

En el caso de este edificio, el misterio se resolvió casi por casualidad. Durante una limpieza del portal, una vecina sorprendió a un hombre mayor colocando un nuevo cartel junto al ascensor. Era Antonio, 72 años, vecino del primero, conocido por su obsesión con el orden. Según explicó después, se sentía ignorado cuando se quejaba “por las buenas”.

Cuando se habló del tema en junta, el ambiente fue tenso pero necesario. Muchos vecinos admitieron que algunas normas no se estaban respetando, pero también dejaron claro que la forma de comunicarlas no era aceptable. Se acordó retirar todos los carteles y centralizar cualquier queja por escrito a través del administrador.

Una lección habitual en las comunidades

Hoy, el portal de Javier está libre de folios y mayúsculas. El ambiente ha mejorado, aunque las heridas tardan en cerrarse. La experiencia deja una lección clara: los carteles pasivo-agresivos no solucionan conflictos, los multiplican. En las comunidades de vecinos, como en casi todo, hablar claro y dar la cara sigue siendo la única vía para evitar que un simple papel acabe convirtiéndose en una guerra silenciosa.


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