Sergio Luque, exmilitar y subinspector de la Policía Nacional, gracias a su vasta experiencia en el territorio, asegura que el miedo no desaparece con el tiempo y el trabajo, pero aprender a gestionarlo marca la diferencia entre bloquearse o actuar. Con calles más violentas y una profunda crisis de confianza institucional, su análisis aborda un malestar social que no para de crecer, no solo en nuestro país, sino en toda la región.
Para los especialistas, la seguridad ya no es un concepto lejano. El miedo se ha instalado en la rutina diaria y en la experiencia de quienes conviven con el conflicto. Frente a ese desorden, Luque plantea una tesis optimista: la capacidad de respuesta puede ser entrenada.
El miedo como punto de partida, no como excusa

“En la calle, miedo tenemos todos”, asegura Sergio Luque. No lo plantea como una debilidad, sino como una condición humana inevitable. La diferencia, explica, está en qué se hace con ese miedo cuando aparece. Negarlo, disfrazarlo o romantizarlo suele conducir al error.
Desde su experiencia operativa, Luque sostiene que el problema no es sentir miedo, sino no haberlo trabajado antes. En entornos de alta presión —una intervención violenta, una masa descontrolada, una reducción complicada— el cuerpo reacciona antes que la cabeza. Y ahí no valen discursos ni improvisaciones.
El exmilitar apunta a que no todo el mundo está preparado para cualquier puesto. “Si una persona vive paralizada por el miedo, debe hacer un ejercicio de sinceridad y ocupar otro lugar”. No es una descalificación, sino una llamada a la responsabilidad, tanto individual como institucional.
En su análisis también aparece una crítica social más amplia. La distancia entre quien juzga la labor policial y quien la necesita se reduce cuando el delito toca de cerca. El miedo, entonces, deja de ser teórico. “Somos muy buenistas hasta que nos pasa a nosotros”, resume.
Entrenar la respuesta: experiencia, disciplina y propósito
La clave, según Luque, está en la exposición progresiva al conflicto. La experiencia no elimina el miedo, pero lo vuelve manejable. “Cuando estás acostumbrado al choque, empiezas a reconocer los patrones: el grito, el empujón, la tensión previa”. Ese reconocimiento baja el nivel de ansiedad y mejora la toma de decisiones. Por eso insiste en la formación continua y realista. No bastan cursos rápidos ni soluciones mágicas. La gestión del miedo requiere:
- Entrenamiento físico funcional, especialmente en técnicas de control y reducción.
- Trabajo mental, para entender las propias reacciones ante el estrés.
- Hábitos de autodisciplina, sostenidos en el tiempo.
- Conciencia situacional, saber quién eres, dónde estás y qué papel ocupas.
Luque también desmonta una idea muy extendida: correr más o “endurecerse” emocionalmente no garantiza mejores respuestas. El miedo mal gestionado puede traducirse en exceso de fuerza, errores tácticos o bloqueos peligrosos. La profesionalidad, subraya, consiste en neutralizar sin perder el control.
En este punto entra su visión vocacional del oficio. Para él, ser policía no es un trabajo instrumental, sino un compromiso vital. Aceptar el miedo forma parte del pacto. “No aspiras a la plenitud por el dinero, sino por cumplir un propósito”. Esa claridad, dice, ayuda a sostenerse cuando la presión aprieta.
El miedo también se relaciona con el entorno social. Luque alerta sobre una sociedad cada vez más cómoda, menos expuesta a la frustración y con menor tolerancia al conflicto. Esa desconexión genera ciudadanos más vulnerables y profesionales más cuestionados. “Nos hemos desnaturalizado”, afirma.
Sin embargo, no todo es diagnóstico crítico. En su contacto con jóvenes, academias y programas formativos, detecta un cambio de tendencia. Más preparación física, más interés por el trabajo en equipo y mayor conciencia de los límites personales. El miedo sigue ahí, pero se empieza a hablar de él sin vergüenza.








