domingo, 25 enero 2026

Palomas, migas y guerra abierta: el vecino que alimentaba aves desde el balcón

Antonio Ruiz, 57 años, vive en un tercero sin ascensor en un barrio tranquilo de Barcelona, con sus bancos y sus palomas. Jubilado desde hace poco, empezó a pasar más tiempo en casa y a disfrutar de pequeños rituales diarios. Uno de ellos era salir cada mañana al balcón con una bolsa de pan duro y echar migas “a los animalitos”, como él mismo dice. Lo que Antonio veía como un gesto entrañable acabó convirtiéndose en uno de los mayores focos de conflicto del edificio.

Al principio, nadie dijo nada. Un par de palomas, alguna gaviota despistada y poco más. Pero con el paso de las semanas, el balcón de Antonio se convirtió en un auténtico comedor urbano. A las nueve de la mañana ya había decenas de aves esperando puntuales su ración.

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Cuando las palomas no vienen solas

María Sánchez, 39 años, vive justo en el piso inferior. Fue la primera en notar que algo no iba bien. Su balcón amanecía cada día cubierto de excrementos, el toldo empezó a deteriorarse y el ruido era constante. “No podía ni tender la ropa”, explica. Lo que empezó como una molestia terminó siendo un problema de salubridad.

Otros vecinos se sumaron pronto a las quejas: coches manchados, alféizares llenos de plumas y un olor cada vez más difícil de ignorar. Incluso aparecieron insectos atraídos por los restos de comida que caían a patios y cornisas.

El clásico argumento: “siempre se ha hecho”

Cuando la presidenta de la comunidad habló con Antonio, la respuesta fue inmediata: “Toda la vida se ha dado de comer a las palomas”. Para él, prohibírselo era un acto de crueldad. “¿Qué culpa tienen ellas?”, repetía en cada conversación.

El problema es que las palomas urbanas no son aves desprotegidas. De hecho, muchas ordenanzas municipales prohíben expresamente alimentarlas en la vía pública y en edificios residenciales por los problemas sanitarios que generan. Algo que Antonio desconocía… o prefería ignorar.

De la convivencia al enfrentamiento directo

La situación se tensó cuando alguien dejó una nota anónima en su buzón: “Deja de alimentar a las palomas o tomaremos medidas legales”. Aquello fue la gota que colmó el vaso.

Antonio se sintió atacado y respondió duplicando las raciones. “Si me amenazan, menos caso hago”, confesó después a un vecino de confianza. Durante días, el balcón parecía una escena sacada de una película: palomas entrando y saliendo, arrullos constantes y vecinos cerrando ventanas incluso en pleno verano.

¿Qué dice la ley sobre alimentar palomas?

La comunidad decidió consultar con el administrador de fincas. La respuesta fue clara: alimentar animales desde balcones puede considerarse una actividad molesta e insalubre si afecta al resto del edificio. Además, muchas ciudades contemplan sanciones económicas por dar comida a palomas, con multas que pueden superar los 300 euros.

Con esta información sobre la mesa, se convocó una junta extraordinaria. Allí se aprobó, por mayoría, prohibir expresamente alimentar animales desde balcones y zonas comunes.

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Las palomas pueden llegar a causar problemas graves en los edificios

El desenlace (menos dramático de lo esperado)

Ante la amenaza real de sanción municipal y una posible denuncia formal, Antonio acabó cediendo. No sin antes protagonizar varias discusiones en el portal y alguna que otra frase subida de tono. Finalmente, aceptó dejar de echar comida y empezó a colaborar con una asociación protectora que le explicó cómo ayudar a los animales sin perjudicar a nadie.

Hoy, meses después, el edificio ha recuperado cierta calma. Las palomas ya no se concentran en la fachada, los balcones están más limpios y el tema solo se menciona como anécdota incómoda en las reuniones.

Eso sí, en la comunidad de Antonio quedó una lección clara: en los conflictos vecinales, incluso los gestos que nacen de la buena intención pueden acabar convirtiéndose en un problema serio cuando cruzan la línea entre lo personal y lo colectivo.


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