La grasa no desaparece por arte de magia: primero se moviliza, pero solo se quema cuando el cuerpo la oxida en movimiento. A veces pensamos que entrenar es solo cosa de estética. De marcar músculo, de quemar calorías, de “ponerse en forma”. Pero cuando escuchas al Dr. Jorge Gutiérrez hablar, te das cuenta de que el ejercicio es otra historia. Mucho más profunda.
Para él, el rendimiento deportivo es casi una excusa bonita para entrar en un tema mayor: cómo funciona el cuerpo humano cuando está diseñado, en el fondo, para sobrevivir.
Jorge es licenciado en Ciencias del Deporte, doctor con una tesis centrada en la p-sinefrina, y ha vivido el deporte desde dentro: atletismo de élite, investigación científica, y también acompañando como guía en los Juegos Paralímpicos de Tokio 2021. Su enfoque mezcla ciencia, experiencia… y una mirada bastante filosófica.
Y su frase inicial es contundente: “No estamos hechos para ser felices, estamos hechos para sobrevivir.”
El cuerpo no busca comodidad, busca adaptarse

Jorge plantea algo que, aunque suene duro, tiene sentido: el cuerpo no se diseñó para estar cómodo. Se diseñó para protegernos.
Las células cumplen misiones básicas —nutrirse, reproducirse, relacionarse— porque su objetivo final es perpetuar la vida. Y dentro de ese mapa, el entrenamiento no es un “hobby fitness”… es un estrés controlado.
Cada vez que entrenas, es como si le dijeras al organismo:
“Oye, esto podría volver a pasar. Prepárate mejor.”
Y el cuerpo responde. Se adapta. Se vuelve más fuerte. No por capricho, sino por supervivencia.
Tres motores energéticos: el cuerpo tiene más de un plan

Uno de los puntos más interesantes de Jorge es cómo explica la energía. Todo lo que comemos acaba transformándose en ATP, la moneda energética común del cuerpo. Pero para producirla, usamos tres sistemas diferentes, como si tuviéramos varios motores internos.
El primero es el sistema de fosfágenos, un motor turbo. Dura apenas 10 o 15 segundos, pero es explosivo. Es lo que usas cuando haces un sprint o levantas algo muy pesado.
El segundo es la glucólisis, el motor de intensidad media. Aquí mandan los carbohidratos, y aparece el lactato. Es el sistema típico de esfuerzos duros de uno o dos minutos.
Y el tercero es el sistema oxidativo, el motor diésel. Es más lento, pero aguanta. Funciona con grasas, carbohidratos e incluso proteínas, y es el que te sostiene en actividades largas.
Entender esto cambia la forma de ver el ejercicio: no todo esfuerzo se alimenta igual.
Flexibilidad metabólica: la salud está en saber alternar

En el deporte de alto rendimiento, Jorge es claro:
“Si quieres rendir, lo que da el rendimiento es el carbohidrato.”
La energía llega más rápido que con la grasa, y eso marca la diferencia cuando importa la intensidad.
Pero si hablamos de salud, lo crucial es otra cosa: flexibilidad metabólica. Es decir, la capacidad de tu cuerpo para alternar bien entre grasas y carbohidratos según lo que necesites.
Un atleta entrenado puede oxidar más grasa incluso a intensidades altas, ahorrando glucógeno para momentos críticos. En cambio, una persona sedentaria suele depender demasiado de la glucosa incluso estando quieta. Jorge lo llama casi una “deficiencia mitocondrial”.
Es como tener un motor que solo funciona con un tipo de combustible.
La fatiga no es un enemigo: es un freno biológico

Aquí viene otra idea potente: la fatiga no es solo cansancio. No es debilidad.
Para Jorge, es un sistema de defensa. El cerebro actúa como un gobernador central que recibe señales internas —temperatura, daño muscular, energía disponible— y decide cuándo parar.
La fatiga es, en el fondo, un mensaje:
“Esto podría ser peligroso. Baja el ritmo.”
Y sí, se puede “hackear” un poco. Por ejemplo, con cafeína, que bloquea receptores de adenosina e impide que la señal de fatiga llegue con tanta fuerza.









