A veces, el cerebro no falla por edad… sino porque la insulina ya no consigue darle la energía que necesita. Durante años hemos hablado del Alzheimer casi como si fuera una especie de destino inevitable. Como algo escrito en nuestros genes, imposible de esquivar. Y entiendo por qué… da miedo pensar en perder la memoria, en no reconocernos.
Pero lo curioso es que, cada vez más, la ciencia está empezando a contar otra historia. Una menos fatalista. Una historia donde nuestros hábitos diarios tienen mucho más peso del que imaginábamos.
Porque quizá el cerebro no enferma “de la nada”. Quizá lleva tiempo recibiendo señales… desde el plato, desde el estilo de vida, desde la forma en que vivimos hoy.
Y eso cambia por completo el mapa.
El intestino: ese “segundo cerebro” del que nadie hablaba

Hay una idea que a mí me parece casi fascinante: la salud mental no empieza solo en la cabeza. También empieza en el intestino.
El sistema digestivo no es solo una fábrica de comida. Es un centro nervioso enorme. Por algo se le llama muchas veces “el segundo cerebro”. Y no es una metáfora bonita: es real.
Allí se producen sustancias esenciales para el estado de ánimo, como la serotonina. Por eso, cuando vivimos a base de ultraprocesados, azúcar escondida y comida rápida, no solo sufre la barriga… también puede sufrir la mente.
Ansiedad, niebla mental, fatiga emocional… a veces no es solo estrés. A veces es biología.
Cuidar el intestino, al final, es cuidar el cerebro sin darnos cuenta.
Alzheimer: ¿y si fuera una “diabetes tipo 3”?

Aquí viene una de las ideas más llamativas.
Algunos expertos están proponiendo entender el Alzheimer como una forma de resistencia a la insulina en el cerebro. Es decir: el cerebro, de algún modo, deja de aprovechar bien la glucosa, que es su principal fuente de energía.
Y entonces ocurre algo inquietante: las neuronas empiezan a quedarse sin combustible.
No porque no haya energía en el cuerpo… sino porque no pueden usarla correctamente.
Por eso algunos llaman al Alzheimer “diabetes tipo 3”. No como etiqueta definitiva, pero sí como una pista: quizá el problema no es solo neurológico, sino metabólico.
Y si es así… entonces la prevención también cambia.
Las cetonas: cuando el cerebro necesita otra vía de energía

En este escenario aparece un concepto clave: las cetonas.
Las cetonas pueden cruzar la barrera hematoencefálica y convertirse en una fuente alternativa de energía cuando la glucosa falla. Es como si el cerebro tuviera un “plan B”.
Y hay casos descritos que impresionan: personas con demencia avanzada que muestran mejorías notables al recibir cetonas o al aplicar estrategias nutricionales que favorecen su producción.
No es magia. No es promesa fácil. Pero sí es una línea de investigación que abre esperanza. Alimentar al cerebro de otra manera.
La genética no es una condena (por suerte)
Esto también es importante decirlo.
Tener genes de riesgo, como el ApoE4, aumenta probabilidades, sí. Pero no significa que todo esté decidido.
La genética no es un interruptor fijo. Es más bien una predisposición. Y el entorno —lo que comes, cómo duermes, cómo te mueves— puede influir muchísimo en si esos genes se expresan o no.
En otras palabras: los genes cargan la pistola, pero el estilo de vida aprieta (o no) el gatillo.
Y eso da margen. Da poder.









