Izanami Martínez, antropóloga y experta en neurociencia del comportamiento humano, asegura que el cerebro no está diseñado para la dignidad, sino para la supervivencia. Y cuando percibe amenaza, actúa sin pedir permiso a la razón.
La sociedad actual, según la mirada de los especialistas, está contaminada de estrés constante, polarización social y sobreestimulación digital. En este escenario, comprender por qué hacemos lo que hacemos no es una cuestión filosófica, sino una práctica de supervivencia.
Cuando el cerebro toma el control y la razón se aparta

El cerebro humano procesa hasta 40.000 estímulos por segundo de forma inconsciente. La conciencia, en comparación, apenas gestiona unos pocos. Esa asimetría explica por qué muchas decisiones clave no se “piensan”: se ejecutan.
Según explica Izanami Martínez, cuando el cerebro detecta peligro —real o percibido— activa lo que se conoce como modo supervivencia. En ese estado, la prioridad es clara: mantenerte con vida. No importa el contexto social, la educación recibida o los valores personales. El cerebro no negocia con la dignidad. Las respuestas básicas son cuatro:
- Sometimiento: intentar agradar, calmar o conectar con la amenaza.
- Lucha: enfrentamiento directo si existe posibilidad de ganar.
- Huida: escapar físicamente del peligro.
- Inmovilización: bloquearse, desconectar, “hacerse invisible”.
Estas reacciones no se deciden. Se disparan. Y lo hacen en milésimas de segundo, antes de que la corteza prefrontal —la parte racional del cerebro— tenga margen de intervención.
Por eso nadie sabe cómo reaccionará ante una agresión hasta que la vive. Y por eso situaciones cotidianas, como una discusión, un recuerdo o una mirada hostil, pueden provocar sudoración, taquicardia, náuseas o impulsos desproporcionados. El cerebro no distingue entre una amenaza física y una emocional si ambas activan el mismo circuito.
Cuando esta respuesta se mantiene en el tiempo, aparece el estrés crónico: una reacción de lucha o huida diseñada para durar segundos, pero prolongada durante meses o años. El resultado es conocido: problemas digestivos, inmunitarios, hormonales y cognitivos. El cerebro, literalmente, se desgasta.
Infancia, genética y hábitos: cómo se programa el cerebro
Uno de los puntos más contundentes del enfoque de Martínez es el papel de la infancia. Entre los 0 y 6 años, el cerebro funciona en un estado muy cercano a la hipnosis. Es entonces cuando aprende si el entorno es seguro o peligroso y qué respuestas debe automatizar para sobrevivir.
Un niño que crece bajo amenazas constantes —gritos, abandono emocional, violencia o humillación— desarrolla un cerebro hipervigilante. En la adultez, estímulos menores pueden detonar reacciones extremas. No es falta de voluntad: es programación biológica.
Según la especialista, aquí entra en juego la epigenética. No heredamos solo rasgos físicos. También transmitimos qué estímulos fueron peligrosos y cuáles seguros para nuestra supervivencia. El cerebro nace con un potencial genético amplio, pero solo una parte se activa. ¿Qué determina qué genes se encienden o se apagan? Los hábitos de vida: alimentación; estrés sostenido; sueño; actividad física y el entorno emocional
Todo ello influye en cómo funciona el cerebro y qué información biológica se transmite a la siguiente generación. No se trata de determinismo absoluto, pero sí de probabilidad acumulada.
Ideología, tecnología y un cerebro bajo ataque constante

La experta advierte de otro factor clave: vivimos en un entorno que estimula de forma permanente los circuitos del miedo. Redes sociales, discursos polarizados y modelos de éxito basados en comparación constante mantienen al cerebro en alerta continua.
El resultado es una sociedad cansada, reactiva y emocionalmente desregulada. Y aquí aparece una idea incómoda: cuando la ideología se coloca por encima de la biología, los sistemas terminan fallando. No por mala intención, sino por desconocimiento del funcionamiento real del cerebro humano.
La tecnología tampoco es neutra. El cerebro ama la eficiencia energética y solo se desarrolla plenamente cuando se enfrenta a retos. La sobreautomatización reduce la necesidad de esfuerzo cognitivo. Los datos ya muestran consecuencias: retrasos en el lenguaje, dificultades de atención y menor capacidad de análisis en generaciones hiperexpuestas a pantallas.









