A veces el niño no necesita cambiar… necesita ser entendido. El TDAH es una de esas palabras que todo el mundo conoce, pero que casi nadie entiende del todo. Y lo más curioso es que, en parte, el problema empieza por el nombre. Porque cuando alguien escucha “déficit de atención”, lo primero que piensa es: “ah, es que no atiende”. Y no.
La realidad es mucho más compleja (y también más humana).
Una persona con TDAH sí tiene atención. Muchísima, de hecho. El tema es que le cuesta manejarla como si tuviera un mando a distancia. Es decir, no siempre puede decidir a qué poner foco y durante cuánto tiempo.
Por eso pasa algo que desconcierta muchísimo: un niño puede estar dos horas completamente absorbido en un videojuego o dibujando… y al día siguiente no aguantar ni cinco minutos sentado en clase. Y ahí llegan los malentendidos: “no se esfuerza”, “pasa de todo”, “es un vago”.
Pero no es eso. No es falta de capacidad. Es otra forma de funcionar por dentro.
Y claro… cuando el entorno no lo entiende, todo se complica.
Muchas veces viene de familia (aunque nadie lo haya dicho nunca)

Otro dato importante es que el TDAH no aparece porque sí. No es una moda, ni un invento reciente, ni algo que te “da el móvil”. Tiene una base biológica muy clara y, además, se hereda muchísimo.
De hecho, se calcula que en la mayoría de casos diagnosticados en niños, uno de los padres también lo tiene… solo que nunca lo supo. O lo supo tarde. O simplemente se acostumbró a vivir así, sobreviviendo con esfuerzo.
A nivel cerebral, muchas personas con TDAH tienen un sistema de dopamina un poco distinto. Y la dopamina, para entendernos, es una especie de “chispa” que ayuda al cerebro a mantenerse motivado y estable.
Por eso el cerebro busca estímulo. Busca movimiento, novedad, intensidad. Como si necesitara un poco más de “gasolina emocional” para arrancar.
Y lo duro no es solo eso. Lo duro es lo que viene después: el juicio.
Porque cuando un niño no encaja en el molde, el mundo lo etiqueta demasiado rápido. Y eso puede romper cosas por dentro.
Medicar no es lo primero (ni debería serlo)

Uno de los temas más delicados es la medicación. Y aquí es importante decirlo sin miedo: la medicación no debería ser nunca la primera respuesta.
El primer paso es comprender. Adaptar. Acompañar.
Lo ideal es empezar por una reeducación psicopedagógica: apoyo especializado, estrategias, adaptaciones en la escuela, acuerdos con los profesores… porque un niño con TDAH no necesita que lo castiguen más, necesita que alguien le enseñe a regularse.
Después vienen las intervenciones no farmacológicas: padres y docentes informados, rutinas claras, empatía, paciencia.
Solo cuando todo eso no es suficiente, cuando el niño sigue sufriendo, quedándose atrás, perdiendo autoestima, sintiéndose “el raro”… se plantea el tratamiento farmacológico.
Algunos médicos lo explican con un ejemplo muy simple: si tienes un dolor de muelas insoportable, primero te quitan el dolor. Porque así puedes respirar. Luego ya trabajas en el resto.
Con el TDAH pasa algo parecido: el fármaco puede aliviar parte del caos para que el aprendizaje y el cambio sean posibles.
Cuando no se trata, el coste puede ser muy alto

El TDAH no acompañado no es solo “ser despistado”. Puede convertirse en algo mucho más serio en la adultez.
Hay más riesgo de adicciones, de impulsividad, de conductas autodestructivas. Y hay algo que impresiona mucho: algunos adultos descubren que sustancias como la cocaína no les generan euforia, sino enfoque.
Como si, sin saberlo, estuvieran intentando automedicarse para funcionar. Para sentirse “normales”.
También pueden aparecer problemas en relaciones, dificultades laborales, impulsividad constante… una vida vivida con el acelerador pisado y sin freno.
No porque sean malas personas. Sino porque nadie les explicó qué les pasaba.









