A veces lo que parece estancamiento no es más que un proceso silencioso de crecimiento. Hay días (o semanas enteras) en los que uno siente que está corriendo… pero en una cinta. Te esfuerzas, haces lo que “toca”, intentas ser constante, y aun así aparece esa sensación incómoda de estar estancado. Como si todo estuviera parado. Como si el esfuerzo no bastara.
Y es curioso, porque muchas veces no es que no estés avanzando. Es que no lo estás viendo.
Nos pasa mucho que nos medimos con una lupa demasiado cercana: comparándonos con nuestro “yo” de ayer o de la semana pasada. Y claro… así es difícil notar cambios. Es como mirar un árbol todos los días esperando verlo crecer de golpe. El crecimiento ocurre, pero no hace ruido.
A veces el progreso es silencioso. Y eso desconcierta.
Mirar hacia atrás cambia el mapa

Cuando me siento así, hay algo que me ayuda muchísimo (y quizá a ti también): mirar hacia atrás.
No hacia ayer, no hacia el lunes… sino hacia hace dos, tres o cinco años. Y preguntarme: ¿qué cosas que antes parecían imposibles hoy ya son normales en mi vida?
Porque muchas metas que antes veíamos lejísimas —un trabajo, una estabilidad, una versión más tranquila de nosotros mismos— se han ido cumpliendo casi sin anunciarse. El problema es que nos acostumbramos rápido a lo conseguido y enseguida volvemos a mirar lo que falta, como si nunca fuera suficiente.
Pero cuando miras el camino recorrido, te das cuenta de algo importante: no estás parado. Estás en proceso. Y eso, honestamente, cambia la energía con la que sigues caminando.
Los pasos pequeños también cuentan (aunque no brillen)

El progreso rara vez es una explosión. Ojalá fuera así, ¿no? Un día te despiertas y ¡pum!, vida resuelta. Pero no funciona así.
La mayoría de las transformaciones son discretas. Pequeñas. A veces incluso aburridas.
Cada acción suma: cada día que eliges continuar, cada vez que haces algo por ti, incluso cuando parece que no se mueve nada. Hay avances que no se ven en el momento, pero se están acumulando como gotas que, sin darte cuenta, terminan llenando un vaso.
No hace falta ver resultados inmediatos para estar avanzando. De verdad.
Descansar no es fallar, es entender el ritmo

Vivimos en una época en la que parece que hay que estar produciendo siempre. Mejorando siempre. Haciendo más.
Y entonces descansar da culpa. Como si parar fuera rendirse.
Pero no. El descanso no es retroceso. Es parte del proceso.
No somos máquinas. Somos personas. El cuerpo necesita pausas. La mente también. A veces, lo más sabio no es apretar más… es aflojar un poco para no romperse.
Descansar también es avanzar, porque te permite seguir sin desgastarte por dentro (que nadie lo ve, pero pesa).
Soltar el perfeccionismo y tratarnos con un poco más de cariño
Ese sentimiento de “no estoy haciendo suficiente” suele venir de una voz perfeccionista que nunca está satisfecha. Una voz que te empuja, sí… pero también te ciega.
Y ahí es donde entra algo que cuesta, pero es esencial: empatía contigo mismo.
Paciencia. Suavidad. Reconocer lo que ya has hecho. Entender que cada proceso tiene su ritmo.
Y recordar algo sencillo, aunque a veces se nos olvide: eres suficiente. Estás dando lo mejor que puedes con las herramientas que tienes ahora.
Porque avanzar no siempre se nota… pero casi siempre está ocurriendo.









