Tu sistema neuroendocrino define mucho más de lo que imaginas sobre tu comportamiento y personalidad. David Duarte, pensador y divulgador, lanza una idea que, sinceramente, te obliga a frenar un segundo y replantearte muchas cosas. Su propuesta desafía esa visión tan moderna (y tan fría, a veces) de entendernos como si fuéramos un conjunto de piezas: el cuerpo por un lado, la mente por otro, las emociones como un añadido… y ya.
Duarte propone justo lo contrario: el ser humano no es una máquina que se arregla por partes, sino un sistema vivo donde todo está conectado desde el origen.
Él dice que la medicina y la psicología han heredado una lógica mecanicista, como si fuéramos relojes: primero están las piezas y luego se construye el todo. Pero en un sistema vivo ocurre algo mucho más misterioso y hermoso: el todo viene antes que las partes. Hay un diseño global que da forma, sentido y relación a cada elemento… incluso antes de que sepamos nombrarlo.
Y esto, claro, cambia el mapa por completo.
El tiempo no es una línea… es algo que fluye

Uno de los conceptos más llamativos de Duarte es cómo habla del tiempo. Para él, el tiempo no es simplemente una línea que va del pasado al futuro, como nos enseñaron en la escuela. No. Es más bien un fluido. Algo que se expande, se contrae, se mueve.
Aquí usa una metáfora preciosa: un disco de vinilo. Toda la música ya está grabada ahí —pasado, presente y futuro— y nuestra atención es como la aguja que recorre el surco. La melodía ya existe… solo vamos descubriéndola.
Desde esta mirada, lo que llamamos “destino” no sería una condena, sino una percepción de unidad en el tiempo. Como si hubiera partes de nuestra historia que ya están escritas, pero todavía no escuchadas.
Duarte incluso sugiere que el corazón puede captar “ecos” del futuro, porque la información, en un sistema vivo, no se limita a lo visible ni a lo puramente material. Suena poético, sí… pero también inquietante (en el buen sentido).
Temperamentos: biología ancestral, no etiquetas de revista

Otro punto fascinante es su visión de los temperamentos, lo que en la tradición Unani se conoce como Mizaj. Duarte insiste en que no son etiquetas psicológicas para poner en un test rápido tipo “eres así o asá”.
No. Para él, son funciones biológicas y emocionales heredadas de nuestra historia como especie nómada.
Los coléricos, asociados al verano y al fuego, eran los guardianes del clan: músculos, movimiento, defensa. Los que estaban en la periferia, atentos a cualquier amenaza.
Los melancólicos, vinculados al otoño y la tierra, eran los orientadores, los “sabios del camino”. Los que leían el entorno: huellas, clima, peligros. Su sistema nervioso domina, por eso tienden a ser más estratégicos y delgados.
Y en el centro del clan estaban los sanguíneos y flemáticos: el cuidado, las historias, la cocina, la cohesión social. Mientras el flemático guarda energía como reserva protectora, el sanguíneo es el motor del vínculo humano.
Es una forma de entendernos como parte de una historia evolutiva, no como “carácter”.
Sabores, emociones y cuerpo: todo habla de ti

Duarte también se adentra en algo muy curioso: cómo los sabores reflejan emociones. Afirma que el sabor es la personalidad de una sustancia.
El dulce, relacionado con Venus, evoca protección materna… y también miedo.
El amargo, ligado a Saturno, es quizá el más curativo porque representa ver la verdad. Y sí, la verdad suele doler un poco antes de liberar.
El picante, asociado a Marte, simboliza acción, energía masculina, resolución.
Incluso la morfología corporal —ectomorfo, mesomorfo, endomorfo— estaría ligada a dominancias hormonales. Duarte lo plantea como un lenguaje: el cuerpo expresa un equilibrio interno, una temperatura vital, una configuración neuroendocrina única.









