sábado, 24 enero 2026

Cuando unas obras que iban a durar dos semanas se convierten en una pesadilla vecinal

Laura Sánchez (42 años) todavía recuerda el día en que el vecino del cuarto anunció, con una sonrisa conciliadora, que iba a hacer “unas pequeñas obras” en su vivienda. “Nada serio, solo el baño y la cocina. En dos semanas está listo”, aseguró. Aquella frase, tan habitual en las comunidades de vecinos, marcó el inicio de un conflicto que se prolongó durante más de seis meses.

Al principio, Laura intentó tomárselo con paciencia. Martillos, taladros y golpes eran molestos, sí, pero asumibles si el plazo se cumplía. El problema llegó cuando las dos semanas se convirtieron en un mes… y luego en dos.

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El ruido constante que desgasta la convivencia

Las obras interminables no solo alteran la rutina diaria, también desgastan la convivencia. En el edificio de Laura, el ruido comenzaba a las ocho de la mañana en punto y se alargaba hasta bien entrada la tarde. Algunos días, incluso los sábados.

Trabajo desde casa y era imposible concentrarme”, explica. Pero no era la única afectada. Un vecino jubilado del segundo piso empezó a sufrir dolores de cabeza constantes. Una pareja con un bebé recién nacido veía cómo las siestas se volvían misión imposible.

El ruido constante acabó generando un ambiente de tensión generalizada en la comunidad.

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Las obras en una comunidad de vecinos

Cuando los plazos se diluyen y nadie da explicaciones

Uno de los aspectos que más indignación provocó entre los vecinos fue la falta de información. Cada vez que alguien preguntaba cuánto quedaba para terminar, la respuesta era siempre la misma: “ya falta poco”.

Sin embargo, las semanas pasaban y las obras continuaban. Cambiaban los operarios, aparecían nuevos materiales y el trasiego de sacos, escombros y herramientas parecía no tener fin.

La sensación era de indefensión”, cuenta Laura. “No sabíamos si aquello iba a acabar algún día”.

¿Hay límites legales para las obras en una vivienda?

Aunque muchos propietarios lo desconocen, las obras dentro de una vivienda sí tienen límites. En general, deben respetar los horarios establecidos por las ordenanzas municipales, que suelen restringir los trabajos ruidosos a franjas concretas entre semana y, en muchos casos, los prohíben los domingos y festivos.

Además, si las obras afectan a elementos comunes —como bajantes, muros de carga o instalaciones generales—, es obligatorio comunicarlo a la comunidad y contar con las autorizaciones pertinentes.

En el caso de Laura, nadie tenía claro si todas las reformas estaban debidamente notificadas.

De la paciencia al hartazgo colectivo

Tras varios meses, la paciencia se agotó. La comunidad empezó a registrar por escrito los días y horarios en los que se producían ruidos excesivos. También se documentaron episodios de suciedad en las zonas comunes, ascensores dañados y restos de obra abandonados en el rellano.

En una junta extraordinaria, varios vecinos expusieron cómo las obras estaban afectando a su descanso y a su vida diaria. “No es solo el ruido, es vivir en obras eternamente”, resumió uno de los asistentes.

La intervención del administrador de fincas

Ante la situación, la comunidad decidió implicar al administrador de fincas. Se envió un requerimiento formal al propietario de la vivienda en obras, recordándole los horarios permitidos y solicitando un calendario claro de finalización.

También se le advirtió de que, si continuaban las molestias, podrían tomarse medidas legales o incluso reclamar daños y perjuicios. A partir de ese momento, las obras comenzaron a reducir su intensidad y, por primera vez, apareció una fecha concreta de finalización.

El final… con secuelas

Las obras terminaron finalmente siete meses después de haber comenzado. Aunque el ruido cesó, el conflicto dejó huella. Las relaciones entre vecinos quedaron tocadas y el ambiente de confianza se resintió.

Ahora nadie se cree a nadie cuando anuncia una reforma”, confiesa Laura. “En cuanto alguien dice ‘son solo dos semanas’, todos nos miramos”.

Las obras son necesarias, pero cuando se prolongan sin control ni comunicación, pueden convertirse en uno de los mayores focos de conflicto vecinal. Porque en una comunidad, el problema no siempre es reformar una casa, sino olvidar que alrededor hay vecinos intentando vivir en paz.

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