sábado, 24 enero 2026

Isabel Belaustegui, médica: “La grasa abdominal es uno de los problemas más frecuentes a partir de cierta edad, cuando el sedentarismo empieza a pasar factura”

La doctora Isabel Belaustegui analiza por qué la grasa abdominal resiste al paso del tiempo. Descubre cómo la falta de flexibilidad metabólica y el sedentarismo afectan tu salud más allá de la estética personal.

Isabel Belaustegui, médica especializada en metabolismo y salud, pone el foco en uno de los fenómenos más comunes —y menos entendidos— a partir de la madurez: la grasa abdominal. Un problema que va más allá de lo estético y que se agrava por el sedentarismo, el estrés y los excesos.

La pregunta que más surge en gimnasios y centros médicos es ¿por qué esa grasa abdominal parece tan resistente con los años?, ¿qué se puede hacer realmente para reducirla? Belaustegui ofrece una respuesta clara, basada en fisiología y evidencia clínica, que desmonta mitos muy arraigados.

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Por qué la grasa abdominal no es solo una cuestión de peso

Por qué la grasa abdominal no es solo una cuestión de peso
Fuente: agencias

Con el paso del tiempo, el cuerpo cambia. Lo que antes se compensaba casi sin esfuerzo —comer más, moverse menos— empieza a dejar huella. Según explica Belaustegui, la acumulación de grasa en la zona abdominal es un signo característico de una pérdida de flexibilidad metabólica: la capacidad del organismo para alternar eficientemente entre el uso de glucosa y grasa como fuente de energía.

“La grasa abdominal no aparece de la nada ni es un fallo de voluntad”, señala. Es, en muchos casos, la manifestación visible de un desequilibrio interno más profundo. Cuando el metabolismo deja de funcionar de forma óptima, el cuerpo prioriza el almacenamiento de grasa frente a su utilización.

Este tipo de grasa tiene además un impacto directo sobre la salud. Está estrechamente relacionada con la resistencia a la insulina, un estado en el que las células responden peor a esta hormona clave. El resultado es un círculo vicioso: niveles elevados de insulina, mayor facilidad para acumular grasa, inflamación crónica y un riesgo creciente de enfermedades cardiovasculares y diabetes tipo 2, dos de las principales causas de mortalidad en el mundo occidental.

A diferencia de la subcutánea, la abdominal es metabólicamente activa. Libera citocinas proinflamatorias que alimentan una inflamación silenciosa, persistente y difícil de detectar. No duele ni se ve como una lesión externa, pero va deteriorando tejidos, órganos y sistemas con el paso de los años, algo que muchas analíticas empiezan a reflejar antes incluso de que aparezcan síntomas claros.

Menos abdominales y más fuerza: cómo se pierde la grasa de verdad

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Uno de los errores más frecuentes, según Isabel Belaustegui, es intentar “atacar” la grasa abdominal de forma localizada. Hacer cientos de abdominales puede fortalecer el músculo, pero no es la vía más eficaz para reducir la que lo recubre.

“El entrenamiento de fuerza es la herramienta más eficiente para reducir la grasa corporal, incluida la abdominal”, explica. Ejercicios como sentadillas, peso muerto, dominadas o jalones generan una mayor activación muscular global, mejoran la sensibilidad a la insulina y elevan el gasto energético de forma sostenida.

Frente a la idea extendida de que salir a correr durante media hora es la solución universal, la médica subraya que, a igualdad de tiempo y esfuerzo, la fuerza ofrece mejores resultados. No solo ayuda a movilizar grasa, sino que protege las articulaciones, preserva masa muscular y favorece un metabolismo más activo a largo plazo.

También desmonta prácticas habituales pero ineficaces, como entrenar envuelto en plásticos para “sudar más”. La pérdida rápida de peso que refleja la báscula tras estas sesiones no es grasa, sino agua. Una deshidratación que, además de engañosa, puede acelerar el envejecimiento celular y aumentar el riesgo de lesión.

Cuando el problema no es la falta de esfuerzo, sino la respuesta hormonal

Cuando el problema no es la falta de esfuerzo, sino la respuesta hormonal
Fuente:Canva

Belaustegui es especialmente crítica con el discurso que culpa a las personas con exceso de grasa de no esforzarse lo suficiente. “Es injusto y poco riguroso”, afirma. El peso corporal no responde a una simple ecuación de calorías que entran y salen, sino a un complejo sistema de señales hormonales.

Un ejemplo ilustrativo es el de los edulcorantes sin calorías, como la sacarina. Aunque no aportan energía, pueden provocar picos de glucosa e insulina en algunas personas. Esa respuesta hormonal indica al cuerpo que almacene combustible, principalmente en forma de grasa. El resultado es paradójico: alguien que “come poco” y evita calorías puede seguir acumulando grasa y sintiéndose cada vez más hinchado.

Además, estos picos suelen ir seguidos de bajones que activan intensamente el hambre, generando ansiedad, malestar emocional y una sensación constante de lucha contra el propio cuerpo. No es falta de disciplina: es fisiología.


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