Meditar es darte permiso para parar cuando todo alrededor empuja a correr. Hablar con Ramiro Calle es, de alguna manera, mirarse en un espejo incómodo pero necesario. Su propuesta no promete atajos ni soluciones exprés. Al contrario. Invita a algo mucho más exigente y, a la vez, más liberador: conocerse de verdad, cultivar disciplina interior y soltar el peso del ego.
En una época donde casi todo se mide en resultados visibles, Calle apunta a lo invisible. Dice que gran parte del malestar que arrastramos nace de vivir identificados con el ego, esa voz interna que siempre quiere más, que nunca está satisfecha y que nos mantiene en guardia constante. Lo define como un “monstruo sediento” y, sinceramente, la imagen encaja. Cuando el ego manda, la paz se vuelve frágil. Dependemos de la aprobación ajena, nos ofendemos con facilidad y cualquier crítica nos desarma. “Quien está en el ego no es feliz”, afirma, y remata con una frase que deja poso: “Lo que es bueno para el ego es muy malo para el ser”.
Yoga y meditación: desmontando malentendidos

Uno de los puntos donde Ramiro Calle pone especial énfasis es en aclarar qué es —y qué no es— el yoga. Porque, seamos honestos, hoy se ha convertido en un cajón de sastre. No es religión, no es deporte, no es un culto al cuerpo, insiste. Es un método. Un camino práctico para extraer lo mejor de uno mismo.
Me gusta cómo lo explica, sin solemnidad. El yoga, para él, no busca exhibición ni posturas perfectas. Busca coherencia interior. Y en ese proceso, la meditación ocupa un lugar central. Meditar no es huir del mundo, es detenerse dentro de él. Parar. Respirar. Volver al centro. Algo tan sencillo y tan difícil a la vez en un entorno marcado por la prisa, el ruido y la hiperestimulación.
Calle reconoce que a veces es más fácil explicar lo que el yoga no es que definirlo directamente. Quizá porque no cabe en etiquetas. No es dogma ni refugio espiritual para inflar el ego. Es práctica viva.
Atención con raíces: ética y sabiduría

Cuando habla del mindfulness moderno, su tono se vuelve crítico, pero no desde el desprecio. Más bien desde la preocupación. La atención, dice, no basta por sí sola. Si no va acompañada de ética y sabiduría, se queda hueca. Puede incluso reforzar el ego en lugar de disolverlo.
“Mindfulness por mindfulness es nada”, afirma con contundencia. Lo importante no es observar sin más, sino transformarse. Para que la atención sea fértil, debe apoyarse en tres pilares inseparables: atención consciente, ética genuina y entendimiento profundo. Sin ese equilibrio, la práctica se convierte en otra herramienta más al servicio del rendimiento o del narcisismo.
Cambiar el mundo… empezando cerca

Aunque su diagnóstico de la sociedad actual es duro —habla de viejos patrones, automatismos y narcisismo—, Ramiro Calle no cae en el pesimismo. Todo lo contrario. Propone un cambio silencioso pero poderoso: empezar por el micromundo de cada uno.
“No puedo cambiar el mundo, pero el mundo es un conjunto de mundos”, dice. Y ahí aparece una idea clave: el verdadero impacto no está en grandes discursos, sino en cómo somos con quienes nos rodean. Más honestos. Más tiernos. Más humanos. Para él, el auténtico “guerrero espiritual” no es quien lucha fuera, sino quien se atreve a mirar dentro y desactivar enemigos internos como los celos, la rabia o el deseo de venganza.
Respirar, observar y perseverar

En lo práctico, sugiere empezar por algo tan básico como la respiración. No como técnica sofisticada, sino como ancla. Mente, emociones y respiración están íntimamente conectadas. Cambiar una cambia las otras.
Pero no se queda ahí. Habla de autovigilancia cotidiana. De observar cómo hablamos, cómo reaccionamos, qué palabras usamos. Porque, al final, también somos eso que decimos y hacemos sin darnos cuenta.









