viernes, 23 enero 2026

Pelotas que acaban en balcones ajenos: cuando el juego infantil invade propiedades privadas

María Sánchez, 61 años, vive en un tercero con balcón en un edificio de Valencia. Durante años, ese pequeño espacio exterior ha sido su refugio: plantas, una mesa plegable y algo de tranquilidad. Hasta que empezó a convertirse, sin buscarlo, en el destino final de balones ajenos y el juego infantil.

Al principio era anecdótico”, explica. “Una pelota que cae, tocan al timbre, la devuelves y ya está”. El problema llegó cuando los lanzamientos dejaron de ser puntuales y pasaron a repetirse varias veces por semana, casi siempre a la misma hora.

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Un patio interior convertido en campo improvisado

En el patio interior del edificio juegan habitualmente varios niños del bloque. No hay porterías, pero sí paredes altas, rebotes imprevisibles y balcones alineados como dianas involuntarias. “Es cuestión de tiempo que alguna pelota acabe fuera”, comenta Javier Torres, 44 años, padre de uno de los menores.

Lo que no todos esperaban es que algunas pelotas terminaran cayendo siempre en los mismos balcones. El de María, por ejemplo, está justo encima del punto donde suelen colocarse los niños a llevar su juego infantil. “Tengo una media de dos balones a la semana”, asegura.

Golpes, sustos y algo más que molestias

Más allá de la incomodidad de recoger pelotas ajenas, hay otros factores que empiezan a preocupar. “Una vez me cayó una mientras estaba regando las plantas”, recuerda María. “No me dio, pero me asusté bastante”.

Otro vecino, Carlos Núñez, 37 años, cuenta que una pelota impactó contra el cristal de su balcón con suficiente fuerza como para dejar una pequeña grieta. “Ahí ya dejamos de verlo como una tontería”, afirma.

El eterno dilema: devolverla y que siga el juego infantil… o no

Durante meses, María devolvió cada balón sin protestar. Bajaba al patio o lo lanzaba de nuevo cuando veía a los niños. Pero la paciencia tiene límite. “Un día simplemente dejé de hacerlo”, confiesa. “No es mi obligación estar pendiente de los juegos de otros”.

Esa decisión no sentó bien a todos. Algunos padres empezaron a llamar a su puerta. “Me dijeron que estaba castigando a los niños”, explica. “Yo les respondí que mi balcón no es un almacén de material deportivo”.

Padres divididos ante el problema

Mientras algunos progenitores entienden la queja, otros consideran que se está exagerando. “Son niños jugando”, dice Laura Gómez, 35 años. “No lo hacen a propósito”. Sin embargo, reconoce que quizás deberían buscar otro espacio o limitar el uso del balón.

Otros padres van más allá y creen que los vecinos deberían colaborar. “Cinco minutos para devolver una pelota no cuesta nada”, comenta uno de ellos en una conversación de escalera que ya se ha vuelto habitual.

Imagen de un niño jugando al fútbol
Imagen de un niño jugando al fútbol. Fuente: Pixabay

¿Quién tiene razón legalmente?

Desde el punto de vista legal, la respuesta es clara: un balcón es una propiedad privada. Nadie está obligado a devolver objetos que caigan en él, y menos aún a hacerlo de forma inmediata. Además, si se producen daños materiales, la responsabilidad recae sobre los padres de los menores que estaban en ese juego infantil.

El problema es que la ley puede decir una cosa, pero convivir es otra”, resume Ana Beltrán, administradora de fincas del edificio. “Cuando no se habla, los conflictos se enquistan”.

La comunidad intenta poner orden ante el juego infantil

Ante la escalada de tensión, la presidenta de la comunidad propuso tratar el tema en la junta. Se acordó limitar los juegos con balón en el patio y recomendar el uso de pelotas blandas. También se pidió a los padres que supervisaran a los niños.

No es una prohibición total”, aclara Ana. “Es una cuestión de sentido común”.

Un equilibrio difícil

Desde entonces, las pelotas siguen cayendo y el juego infantil continúa… pero menos. María admite que ahora devuelve alguna, “si me pilla de buen humor”. Otras veces, simplemente las deja donde están. “No quiero discutir con nadie”, dice. “Solo quiero sentarme en mi balcón sin mirar al cielo por si viene otro balón”.

Porque en muchas comunidades, el verdadero problema no es la pelota, sino lo que simboliza: la fina línea entre la convivencia y la invasión del espacio ajeno.


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