jueves, 22 enero 2026

Iñaki Piñuel (61), psicólogo: “Caerse está permitido, pero levantarse es imprescindible para sanar”

- Cuando el miedo se aprende, también puede desaprenderse paso a paso.

Sanar empieza cuando dejamos de creer que no hay salida. Salir de una relación tóxica casi nunca falla por falta de fuerza, de inteligencia o de recursos. Falla por algo mucho más silencioso. Según el psicólogo Iñaki Piñuel, el mayor obstáculo no está fuera, sino dentro: la creencia profunda de que no hay salida. Y cuando esa idea se instala, lo ocupa todo.

No es una percepción caprichosa. Es el resultado de un daño psicológico real, acumulado, que va estrechando el campo de visión hasta que la persona solo ve paredes. Aunque no existan. Aunque nunca hayan estado ahí.

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La ratonera mental: cuando la percepción suplanta a la realidad

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La sensación de encierro no siempre es real, pero sí profundamente sentida. Fuente: IA

Muchas víctimas describen su situación con una imagen muy concreta: una ratonera. Una trampa sin escapatoria. Pero aquí llega la primera grieta importante. Esa ratonera no es física, es mental.

El abuso continuado altera la percepción hasta convencer a la víctima de que el castigo es inevitable haga lo que haga. Que no hay margen. Que cualquier intento de moverse empeorará las cosas. Y entonces el miedo se convierte en ley.

Como explica Piñuel, la inescapabilidad no pertenece a la realidad, sino a la percepción. Y eso lo cambia todo. Porque lo que creemos acaba moldeando lo que sentimos y, sobre todo, lo que dejamos de hacer.

A este estado se suma el llamado apego traumático. Una paradoja cruel. Cuanto más daño hay, más se refuerza el vínculo. La mente entra en una especie de trance donde quedarse parece menos peligroso que huir. Y así, sin darse cuenta, la persona empieza a vivir en modo supervivencia.

La indefensión aprendida: cuando rendirse parece lógico

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El abuso repetido va estrechando la percepción hasta hacer creer que no hay salida. Fuente: IA

La indefensión no nace con la persona. Se aprende. Se instala tras episodios repetidos de humillación, control o violencia que van desgastando la resistencia interna, como el agua que erosiona la piedra. Al principio hay intentos. Luego dudas. Después, silencio.

El diálogo interno se vuelve demoledor: no puedo, no sirve de nada, mejor no moverme. Y cuando la esperanza desaparece, la acción se congela.

Piñuel lo resume con una frase contundente: “La indefensión es la madre de todos los problemas psicológicos”. Porque cuando alguien vive atrapado en el miedo, deja de protegerse. Y cuando no hay acción, el daño se cronifica.

La parte esperanzadora es esta: todo lo que se aprende, se puede desaprender. Pero no llega como un rescate externo ni como un milagro. Llega con una decisión interna. Pequeña, a veces casi tímida, pero crucial: empezar a mirar la situación desde otro marco.

Pequeños actos que resquebrajan el miedo

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Cada pequeño acto rompe un poco el guion del “no puedo”. Fuente: IA

Salir de una relación tóxica no suele parecerse a las películas. No hay gestos heroicos ni puertas que se cierran de golpe. Hay pasos diminutos. A veces incómodos. A veces torpes. Pero reales.

Piñuel habla de pequeños experimentos de éxito. Acciones mínimas que contradicen el mantra del no puedo. Una llamada. Un límite dicho en voz alta. Una decisión anotada. Y aquí entra algo muy poderoso: escribirlo.

Registrar esos avances en un cuaderno no es una manía. Es terapia. Porque el dato mata el relato. Cada hecho concreto desmonta, poco a poco, la narrativa de impotencia y devuelve una sensación olvidada: control.

Recuperar el mando: volver a ser adulto

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Recuperar el control empieza por mirarse como alguien capaz de protegerse. Fuente: IA

Uno de los mayores bloqueos es esperar a que alguien venga a salvarnos. Aunque el apoyo ayuda, Piñuel es claro: nadie puede sacar a la víctima del infierno relacional si no toma el mando.

El maltrato encoge. Reduce a la persona a un estado de vulnerabilidad casi infantil. Salir implica recuperar el tamaño adulto. Poner límites. Proteger al primer prójimo, que es uno mismo.

No es fácil. Da miedo. Pero es imprescindible.

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