jueves, 22 enero 2026

Niños jugando al balón en los pasillos: cuando el portal se convierte en un campo de fútbol

Antonio López, 52 años, nunca pensó que vivir en un edificio relativamente tranquilo acabaría obligándole a bajar tres veces al día a pedir silencio. Reside en una comunidad de vecinos en el sur de Madrid y, desde hace meses, los pasillos y el portal se han transformado en el improvisado campo de fútbol de varios niños del bloque.

“El problema no es que jueguen”, aclara Antonio. “El problema es que lo hacen dentro, con un balón duro, golpeando puertas, paredes y el ascensor”. Lo que empezó como algo puntual en días de lluvia ha acabado convirtiéndose en una costumbre diaria.

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El pasillo como terreno de juego del campo de fútbol

La escena se repite casi todas las tardes a partir de las seis. Tres o cuatro niños, de entre 6 y 10 años, bajan con un balón y empiezan a pasárselo por el pasillo del garaje, el portal o incluso las plantas superiores. Un campo de fútbol improvisado. Cada chute va acompañado de un golpe seco contra una puerta o un paredón que resuena en todo el edificio.

Trabajo desde casa y es desesperante”, explica Marta Ruiz, 39 años, vecina del segundo. “No es un ruido continuo, es peor: golpes secos, gritos, carreras… no puedes concentrarte”. Según cuenta, en una ocasión una patada mal dada impactó contra su puerta con tal fuerza que pensó que alguien estaba intentando entrar.

campo de fútbol
Un campo de fútbol improvisado en los pasillos del edificio

Padres comprensivos… hasta cierto punto

Los padres de los niños, Javier y Lorena Morales, reconocen que sus hijos juegan en las zonas comunes, pero restan importancia al asunto. “Son niños y necesitan moverse”, argumenta Javier. “No siempre pueden estar en la calle y tampoco tenemos un parque justo debajo”.

Lorena añade que prefieren que jueguen “controlados” dentro del edificio antes que solos en la calle. “Les decimos que tengan cuidado”, asegura, aunque admite que “a veces se les va de las manos”. Ese “a veces” es precisamente lo que desespera al resto de vecinos.

Daños materiales y quejas formales

Más allá del ruido, algunos vecinos han empezado a denunciar pequeños desperfectos en ese campo de fútbol. Marcas negras en las paredes, un espejo del portal agrietado y el marco de una puerta desconchado. “Todo por balonazos”, sostiene Antonio, que ya ha trasladado la situación al administrador de la finca.

La presidenta de la comunidad, Isabel Romero, 45 años, confirma que han recibido varias quejas por escrito. “Las zonas comunes no están pensadas para juegos con balón”, explica. “Y menos cuando generan molestias o daños”.

Tras una reunión informal, se colocó un cartel en el portal prohibiendo expresamente jugar al balón en el interior del edificio.

¿Es legal prohibirlo?

Aunque pueda parecer una exageración, la comunidad está en su derecho de limitar este tipo de actividades. El uso de las zonas comunes debe ser conforme a su finalidad y no puede generar molestias ni riesgos para otros vecinos. Jugar al balón en pasillos, escaleras o portales suele considerarse un uso inadecuado, y mucho menos si se convierte en un campo de fútbol habitual.

Además, si se producen daños, la responsabilidad recae sobre los padres de los menores. “Eso ya es otro nivel”, comenta Marta. “No quiero pagar de mi bolsillo un arreglo porque alguien decidió montar un partido en el rellano”.

Tensión en el día a día

Desde la colocación del cartel, el ambiente se ha vuelto tenso. Antonio reconoce que ahora evita coincidir con los padres en el ascensor. “Te miran como si odiaras a los niños”, dice. “Y no es eso. Es que quiero llegar a casa y estar tranquilo”.

Los niños, por su parte, siguen jugando… aunque con más cuidado y durante menos tiempo. “Ahora cuando alguien baja, paran”, comenta una vecina. “Pero el ruido vuelve al rato”.

Un conflicto cada vez más habitual

Este tipo de disputas se repiten en muchas comunidades, especialmente en edificios sin espacios comunes amplios o zonas infantiles. El problema no es el juego, sino el lugar y la duración. “Un par de balonazos un día no pasa nada”, resume Isabel. “Convertirlo en rutina diaria, sí”.

Porque, como concluye Antonio con ironía, “un balón dura unos minutos, pero el eco de cada golpe se queda grabado en la paciencia de todo el edificio”.


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