miércoles, 21 enero 2026

Santiago Niño Becerra (75), economista: “La tecnología, incluida la inteligencia artificial, ha venido para quedarse y transformará todo”

El economista Santiago Niño Becerra advierte que la tecnología y la inteligencia artificial no son una moda: impulsan un cambio de modelo económico que redefine empleo, desigualdad y poder, y dejará ganadores y excluidos.

Santiago Niño Becerra, economista, advierte desde hace años que lo que atraviesa la economía global no es una crisis más. En sus análisis, repetidos ahora con mayor insistencia, manifiesta que la tecnología, incluida la inteligencia artificial, no es una moda pasajera: es el motor de un cambio de sistema que ya está redefiniendo trabajo, poder y riqueza.

Según el especialista, este modelo se define por un endeudamiento estructural persistente, una productividad estancada, desigualdad creciente y un uso cada vez más intensivo de la tecnología, que permite generar valor con menos personas. La cuestión ya no es si este cambio llegará, sino cómo impactará en la vida cotidiana y quiénes quedarán dentro —o definitivamente fuera— del nuevo paradigma.

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Del final de un modelo al dominio de la tecnología

Del final de un modelo al dominio de la tecnología
Fuente: agencias

Para Niño Becerra, la clave está en distinguir entre crisis cíclicas y crisis de cambio de modelo. La de 1929 no fue solo un desplome financiero: marcó el agotamiento de una forma de organizar el capitalismo y dio paso a otra. Algo similar, sostiene, ocurre desde 2007-2008.

“La diferencia es la velocidad”, explica. Hoy, la tecnología acelera los procesos como nunca antes. En pocos años, la digitalización, la automatización y la inteligencia artificial han alterado la forma de producir, consumir y tomar decisiones. Ya no se trata solo de eficiencia: se trata de reemplazo estructural del factor trabajo. Algunos datos ayudan a entender la magnitud del fenómeno:

  • Nunca antes fue posible generar PIB con tan pocas personas.
  • Sectores enteros dependen más del capital y la tecnología que del empleo humano.
  • La productividad se concentra en pocas empresas altamente tecnificadas.

Este escenario provoca una división social que el economista resume en dos categorías: insiders y outsiders. Los primeros son perfiles altamente cualificados, imprescindibles en el nuevo sistema. Los segundos, una mayoría creciente cuya aportación resulta prescindible para un modelo productivo dominado por la tecnología.

La consecuencia directa es un aumento de la desigualdad. El capital se revaloriza gracias a la tecnología, mientras los salarios pierden peso relativo. El resultado no es solo económico, sino social y político.

España, Europa y el riesgo de quedarse atrás

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En este contexto global, Santiago Niño Becerra sitúa a España y a Europa en una posición delicada. El problema central no es demográfico, como suele afirmarse, sino de productividad. España, subraya, tiene hoy una productividad similar a la de Alemania en 1996.

El modelo español se apoya en sectores intensivos en trabajo y poco intensivos en tecnología: turismo, hostelería, servicios y construcción. Esto permite crecer por volumen, pero no por valor añadido. Más población y más empleo no implican necesariamente más riqueza sostenible.

Europa, por su parte, enfrenta un desafío adicional: la fragmentación. Una moneda común convive con políticas fiscales, industriales y tecnológicas descoordinadas. En un mundo donde la tecnología exige escala, inversión masiva y visión estratégica, esa dispersión penaliza. Aun así, el economista destaca que existen “islas de excelencia”: clústeres industriales y tecnológicos punteros en Alemania, Países Bajos, el norte de Italia o el País Vasco. El problema es que conviven con regiones en claro declive, generando una brecha interna cada vez mayor.

A esto se suma una advertencia clave: no toda inversión en tecnología garantiza retorno. Un informe reciente de Goldman Sachs señaló que el 98% de la inversión realizada en inteligencia artificial aún no ha generado beneficios. Para Niño Becerra, el dato es inquietante y recuerda a la burbuja puntocom: expectativas adelantadas a una rentabilidad que puede tardar —o no llegar—.

El futuro, según su diagnóstico, será inevitablemente distinto. Más tecnología, menos empleo tradicional, mayor concentración de capital y una redefinición del papel del Estado, cada vez con menos capacidad de control frente a mercados y finanzas globales. Ante ese escenario, aparecen debates antes marginales y hoy centrales: renta básica, regulación demográfica, nuevos modelos de protección social. No como opciones ideológicas, sino como respuestas pragmáticas a un sistema que ya no necesita a todos para funcionar.

“La tecnología ha venido para quedarse y transformará todo”, asegura Niño Becerra. No como advertencia apocalíptica, sino como constatación histórica. Comprender ese cambio —y anticiparse— será, en los próximos años, una de las grandes diferencias entre adaptarse o quedar definitivamente fuera del sistema.


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