Sudar no adelgaza el cuerpo, solo engaña momentáneamente a la báscula. Durante mucho tiempo nos han hecho creer que comer bien es sinónimo de sufrir. Dietas imposibles, listas interminables de alimentos prohibidos y una calculadora mental contando calorías a todas horas. Luis Gil propone bajarnos de ese carrusel. Para él, mejorar la alimentación no empieza con una dieta extrema, sino con una pregunta mucho más sencilla (y honesta): ¿qué estoy comiendo realmente y qué le hace eso a mi cuerpo?
Su enfoque es claro: quitar ruido, quedarse con lo esencial y entender que el cuerpo no es un enemigo al que domar, sino un sistema con memoria evolutiva.
Menos ultraprocesados, más sentido común

El primer ajuste es casi obvio, aunque no siempre fácil. Reducir de forma drástica los productos ultraprocesados. Bollería, snacks industriales, dulces de consumo diario… todo eso debería ocupar un lugar muy puntual, reservado para celebraciones concretas. No porque “esté prohibido”, sino porque su consumo habitual interfiere directamente con la salud metabólica (y eso el cuerpo lo acaba pagando).
Aquí entra uno de los mensajes más contundentes de Gil: el azúcar añadido sobra por completo. El organismo no lo necesita. Puede obtener la glucosa que requiere a partir de fruta, vegetales o hidratos complejos como el arroz o la pasta, siempre que se consuman con cabeza. En el estilo de vida actual, especialmente si somos sedentarios, también recomienda reducir la carga de carbohidratos y dar más protagonismo a los vegetales. No es castigo, es adaptación.
Y ojo, porque aquí rompe otro mito habitual. Calidad no significa prohibición. No hace falta renunciar al chocolate para siempre. Basta con elegir uno bueno y comerlo con moderación. “Cuanto mejor es el producto, menos azúcar suele llevar”, recuerda Gil. Y eso, curiosamente, también educa el paladar.
Lo que sumas importa más que lo que quitas

Comer bien no va solo de eliminar cosas. De hecho, se construye sobre lo que añades. Proteínas y grasas de calidad son la base: carnes, pescados y huevos ayudan a mantener la masa muscular y el equilibrio hormonal. Aquí aparece otro de esos mitos que cuesta soltar: cocinar sin aceite no es más saludable. Al contrario. El aceite de oliva virgen extra no es el problema, es parte de la solución.
A partir de ahí, la dieta se completa con abundantes vegetales y una cantidad moderada de fruta, ajustada a cada persona. No hay fórmulas universales. Hay cuerpos distintos, ritmos distintos y contextos distintos (esto también cuenta, aunque a veces se nos olvide).
Tu cuerpo no quiere adelgazar, quiere sobrevivir

Para entender por qué perder grasa cuesta tanto, Gil invita a mirar atrás. Muy atrás. El cuerpo humano está diseñado para sobrevivir, no para estar definido todo el año. Durante miles de años, almacenar grasa fue una ventaja. Hoy vivimos rodeados de comida, pero el programa interno sigue siendo el mismo: cualquier exceso se guarda “por si acaso”.
Aquí entra en juego la flexibilidad metabólica, una de las claves de su enfoque. Para que el cuerpo use la grasa como combustible, hay que dejar de bombardearlo constantemente con energía. ¿Cómo? Con estrategias sencillas: ayuno intermitente, tres comidas bien estructuradas al día o un equilibrio hormonal que permita quemar grasa cuando no hay exceso de alimento. No es magia. Es biología.
Y conviene aclararlo de una vez: la grasa no se pierde por zonas. No existe la quema localizada. Los abdominales fortalecen el músculo y mejoran la apariencia, sí, pero no eliminan solo la grasa del abdomen. El cuerpo decide de dónde tira, no nosotros.









