miércoles, 21 enero 2026

Javier Quintero, psiquiatra: “Consultar el móvil nada más despertarse es un hábito claramente mejorable”

El psiquiatra Javier Quintero advierte que mirar el móvil al despertar activa estrés y piloto automático. Ganar unos minutos sin pantalla mejora la autoconciencia, reduce ansiedad y permite iniciar el día con mayor equilibrio mental.

Javier Quintero, psiquiatra, lleva años advirtiendo sobre un gesto cotidiano que pasa desapercibido y, sin embargo, condiciona el resto del día: mirar el móvil nada más despertarse. En un contexto de hiperconexión permanente, su mensaje gana actualidad porque apunta a un problema silencioso que afecta al bienestar emocional, la concentración y la forma en que empezamos cada jornada.

La cuestión no es demonizar la tecnología, sino entender qué impacto tiene el móvil en los primeros minutos de la mañana y por qué ese hábito, tan extendido, puede marcar la diferencia entre un día vivido en piloto automático o uno iniciado con mayor conciencia y equilibrio.

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El comienzo del día: por qué el móvil condiciona tu estado mental

El comienzo del día: por qué el móvil condiciona tu estado mental
Fuente: agencias

Para Quintero, todo buen día empieza por un buen comienzo. Y ese inicio, explica, suele verse alterado cuando el móvil se convierte en el primer estímulo al abrir los ojos. “Despertarse y encontrarse con un mensaje del jefe, una notificación urgente o una noticia negativa coloca al cerebro en modo alerta antes incluso de levantarse de la cama”, señala.

Desde el punto de vista psiquiátrico, no se trata de un detalle menor. El cerebro pasa, de forma abrupta, del descanso a la exigencia. Esa activación temprana del estrés se traduce en tensión, ansiedad anticipatoria y una sensación de urgencia que acompaña durante horas.

Quintero propone una alternativa sencilla, pero poco practicada: ganar unos minutos sin móvil. No habla de grandes rituales ni de fórmulas rígidas, sino de un margen breve —cinco, diez o quince minutos— dedicados a reconectar con uno mismo antes de exponerse al aluvión digital. Entre sus recomendaciones habituales aparecen gestos simples:

  • Levantarse sin consultar el móvil.
  • Completar la rutina básica de higiene antes de encender la pantalla.
  • Respirar conscientemente o realizar estiramientos suaves.

“Si alguien dice que no tiene tiempo, la respuesta es clara: hay que levantarse antes”, resume. Para el especialista, el problema no es la falta de minutos, sino la prioridad que se le da al móvil frente al propio bienestar.

Autoconciencia, hábitos y el coste invisible de la hiperconexión

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Uno de los ejes del discurso de Quintero es la autoconciencia. Preguntas tan simples como “¿cómo estoy hoy?” funcionan, según explica, como una puerta de entrada al cuidado emocional. El problema es que el uso compulsivo del móvil anula ese espacio de reflexión y lo reemplaza por automatismos.

“Vivimos respondiendo ‘bien’ por inercia, sin detenernos a sentir qué nos pasa realmente”, afirma. El primer contacto del día con el móvil refuerza ese piloto automático: empezamos a hacer, pero no a pensar; a reaccionar, pero no a tomar conciencia.

A esto se suma otro fenómeno clave: la sobreestimulación. A lo largo de una jornada cualquiera, una persona puede recibir cientos de mensajes, correos y notificaciones en su móvil. Cada una de ellas supone una microinterrupción que obliga al cerebro a desconectar y reconectar constantemente.

El resultado es doble. Por un lado, se pierde eficiencia: retomar una tarea tras una notificación requiere un esfuerzo cognitivo real. Por otro, se acumula una fatiga mental que rara vez se percibe como tal. “No es una gran fuente de estrés, son muchas pequeñas”, explica el psiquiatra.

Javier Quintero utiliza una comparación clara: así como existe la comida basura, también hay contenidos basura. Información de baja calidad, noticias irrelevantes, comparaciones constantes en redes sociales y estímulos que entran por el móvil sin filtro. No ocupan lugar físico, pero sí espacio emocional.

Este impacto es aún mayor en adolescentes y jóvenes, que están construyendo su identidad en un entorno de exposición permanente. “Un adulto puede relativizarlo más; un chico de 15 o 20 años no”, advierte.

El mensaje de fondo es claro: la salud mental no es un milagro, es un entrenamiento. No todos parten del mismo punto ni tienen la misma resiliencia, pero todos pueden mejorar su propio umbral de bienestar. No se trata de alcanzar un ideal inalcanzable, sino de estar un poco mejor mañana que hoy.


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