Comer ligero no siempre significa comer mejor. Vivimos rodeados de números. Calorías, macros, porcentajes, listas infinitas de lo que “sí” y lo que “no”. Y, en medio de todo ese ruido, David Duarte invita a hacer algo que parece casi revolucionario: parar. Mirar el cuerpo sin filtros. Y hacerse una pregunta incómoda, pero honesta: ¿cómo es posible que comamos tanto y, aun así, nos sintamos tan poco nutridos?
Su propuesta no nace de modas ni de dogmas alimentarios. Nace de observar cómo funciona el cuerpo cuando se le deja hacer lo que sabe hacer desde hace miles de años. Duarte habla de densidad de nutrientes y de fisiología evolutiva, pero en el fondo está señalando algo muy simple: no estamos diseñados para llenar el estómago, sino para alimentar la vida que hay dentro. De ahí surge su método Unani, una mirada integradora que conecta metabolismo, movimiento y mundo emocional como piezas inseparables del mismo engranaje.
Cuando comer no es lo mismo que nutrirse

Uno de los puntos que más desconcierta (y a la vez más sentido tiene) es su crítica a medir la comida solo en términos de energía. Para Duarte, las calorías no cuentan la historia completa. Comer no debería ser solo “meter combustible”, sino aportar los materiales con los que el cuerpo se repara, se regula y se sostiene.
El ejemplo de las manzanas suele dejar a más de uno pensando. Frutas y verduras, aunque valiosas en ciertos contextos, están formadas en su mayoría por agua, fibra y azúcar. El contenido real de nutrientes es mínimo. Según sus cálculos, harían falta unos 35 kilos de manzanas al día para cubrir las necesidades básicas. Algo inviable si tenemos en cuenta que el estómago humano apenas ocupa lo que un puño cerrado. Ahí es donde la lógica empieza a chirriar.
Frente a eso, Duarte señala alimentos de alta densidad nutricional, como la carne y el huevo. No desde una ideología, sino desde la biología. Contienen aminoácidos esenciales y grasas que el sistema nervioso necesita para funcionar. Compartimos órganos, hormonas y estructuras con otros mamíferos. Pretender que nuestras necesidades sean radicalmente distintas, dice, es más una creencia que un hecho.
Grasa, bilis y ese miedo que no siempre tiene sentido

Aquí llega otro de esos puntos donde se rompen mitos antiguos. El tema del pH. Duarte explica que el cuerpo no se alcaliniza por el pH del alimento, sino por la respuesta que ese alimento provoca en la bilis. Las grasas y la carne estimulan la secreción de sales biliares, altamente alcalinas, capaces de neutralizar el ácido del estómago y equilibrar la sangre.
Y entonces la grasa deja de ser la enemiga pública número uno. El cerebro es, en gran parte, grasa. Sin ella, no sobrevive. Además, una dieta baja en grasa favorece que la bilis se estanque, aumentando el riesgo de piedras en la vesícula. Comer grasa, bien entendida, no es el problema. A veces es justo lo contrario.
A esto se suma el papel del intestino. Duarte lo describe como una fábrica de nutrientes, no como un simple tubo. Alimentos fermentados como el vinagre de manzana o el queso azul ayudan a instalar una flora capaz de predigerir la comida y aliviar el trabajo del hígado. En su enfoque, eso no es gourmet ni excentricidad. Es fisiología aplicada.
Agua, ayuno y lo que casi nadie explica

Uno de los errores más silenciosos de la vida moderna, según Duarte, es beber agua sola en exceso. Sin electrolitos, el agua diluye el sodio y altera la conductividad eléctrica del cuerpo. Y cuando la electricidad falla, el cerebro, el corazón y los músculos lo notan. Aparecen el estrés, la fatiga, la inestabilidad emocional.
Por eso propone algo tan sencillo como olvidado: agua con sal y limón, en proporciones isotónicas. Sin equilibrio hidroelectrolítico, el cuerpo no puede gestionar bien ni el estrés ni las emociones, por mucho que lo intentemos desde la cabeza.
El método Unani tampoco impone horarios rígidos ni menús cerrados. Funciona más como una lógica vital. Los alimentos densos tardan más en digerirse, así que no es necesario comer todos los días. Duarte cuenta que él mismo realiza comidas sustanciales solo una vez a la semana, permitiendo al cuerpo entrar en procesos de reciclaje y autofagia. Y propone algo que, de entrada, incomoda: no cenar después de las seis de la tarde. Así el hígado puede dedicarse a limpiar, reparar y preparar el descanso cerebral, en lugar de seguir procesando comida.









