En tiempos de hiperconexión, el psicólogo y escritor, Gabriel Rolón, propone mirar de frente la soledad y entender por qué sigue siendo uno de los grandes miedos contemporáneos. Su último libro, La soledad, no busca consolar ni ofrecer recetas rápidas: invita a pensar.
Hablar de soledad hoy no es un ejercicio teórico. Es una urgencia emocional. Rolón parte de una idea simple y clarificadora: nadie puede nacer, amar o morir por otro. Y desde allí despliega una reflexión que atraviesa vínculos, cultura, deseo y pérdida, con una pregunta central que ordena todo el libro: qué pasa cuando nos quedamos a solas con nosotros mismos.
La soledad como experiencia inevitable, incluso en el amor

Rolón distingue dos planos que suelen confundirse. Por un lado, la soledad cotidiana, la de estar sin otros, sin pareja o sin compañía inmediata. Por otro, una soledad más profunda, estructural, que no se disuelve ni siquiera en los vínculos más intensos. Es la soledad existencial, la que acompaña al ser humano por el solo hecho de hablar, desear y saber que es finito.
Incluso en el amor, dice Rolón, esa experiencia persiste. Dos personas pueden amarse profundamente y aun así sentirse solas en determinados momentos. No como un fracaso del vínculo, sino como una verdad de la condición humana. La ilusión de completud, tan instalada culturalmente, es para él una de las grandes trampas emocionales. Nadie se completa con otro. Nadie deja de ser un enigma, ni siquiera para sí mismo.
Desde esa perspectiva, el amor sano no es fusión ni dependencia. Es el encuentro de dos personas que saben estar solas y deciden compartir un tramo del camino. Rolón insiste en que las parejas más sólidas no están formadas por quienes huyen de la soledad, sino por quienes pueden habitarla sin pánico. Cuando alguien necesita desesperadamente al otro para no sentirse solo, el vínculo se vuelve frágil y asimétrico.
El miedo a quedarse solo y la cultura que lo refuerza
Buena parte del rechazo a la soledad no nace del individuo, sino de los mandatos sociales. Durante décadas, estar solo fue sinónimo de fracaso, rareza o carencia. Esa mirada, aunque hoy se discuta más, sigue operando de forma silenciosa. Se presupone que alguien debería estar acompañado, que la vida “correcta” es siempre en pareja, que elegir momentos de retiro es sospechoso.
Gabriel Rolón observa que muchas personas confunden no tener pareja con estar solas, cuando en realidad mantienen vínculos, afectos y redes significativas. La soledad, en ese sentido, se vuelve una etiqueta que no siempre describe la experiencia real, sino una expectativa ajena que pesa. Aprender a correrse de esos mandatos es, para él, un primer paso fundamental para construir una relación más honesta con uno mismo.
El problema aparece cuando la soledad se transforma en refugio defensivo, cuando alguien se encierra para evitar el dolor, el duelo o las preguntas incómodas. Allí ya no se trata de una soledad necesaria, sino de una soledad sintomática. Pero también existe una soledad fértil, indispensable, esa que permite pensar, revisar, despedirse y entender qué se desea después de una pérdida o un cambio profundo.
Rolón plantea que no hay que huir de la soledad, sino aprender a reconocer cuándo es momento de entrar en ella y cuándo es necesario salir. El desafío no es eliminarla, sino escuchar qué viene a decir. Muchas veces, el miedo a estar solo es miedo a las propias voces internas, a recuerdos, deseos o verdades que quedaron postergadas.
En el cierre de su reflexión, el autor propone una imagen poderosa: estar solo es como tener una cita con uno mismo. Y como toda cita importante, requiere preparación. Crear un clima interno, habilitar el diálogo con la propia historia, aceptar que en ese encuentro aparecerán personas que ya no están, versiones pasadas de uno mismo, preguntas sin respuesta. No para resolverlo todo, sino para mirarlo de frente.
Para Gabriel Rolón, la soledad no es una enemiga a derrotar. Es una experiencia que, vivida con respeto y sin vergüenza, puede volverse una aliada. No promete felicidad ni calma permanente, pero sí una forma más honesta de habitar la propia vida. Mirarla a los ojos, sin escapar, es quizá el gesto más humano que propone su libro.








