Las pantallas se han colado en nuestra rutina diaria sin que nos demos cuenta del impacto real que tienen en nuestro cuerpo. Hay días en los que da la sensación de que cuidarse es casi una carrera de obstáculos. Suplementos por la mañana, aplicaciones que lo miden todo, rutinas imposibles. Y, aun así, algo no termina de encajar. Soto pone el dedo justo ahí y lanza una idea que, al principio, desconcierta por lo simple: quizá no necesitamos añadir más cosas, sino volver a lo esencial. Volver a lo que el cuerpo entiende sin instrucciones ni manuales. A mí, al leerlo, me vino una pregunta muy básica a la cabeza: ¿y si la salud no fuera tan complicada como nos la han contado?
De esa intuición nacen los cinco pilares “gratis” de la salud, una forma de mirar el bienestar desde lo más básico, desde lo que llevamos grabado casi de serie.
El sol y la tierra: recordar de dónde venimos

El primer pilar es el sol, ese viejo compañero al que hemos aprendido a temer. Soto no lo presenta como un peligro, sino como un regulador fino del reloj interno. La luz natural le dice al cuerpo cuándo arrancar y cuándo ir bajando el volumen. Amanecer, mediodía, atardecer… cada momento manda un mensaje distinto. Respetar la luz durante el día y la oscuridad por la noche es como afinar un instrumento: de repente, todo suena mejor. Dormimos mejor, pensamos con más claridad y la energía deja de ser una montaña rusa.
El segundo pilar es la tierra, el famoso grounding. Caminar descalzos sobre césped, arena o tierra. Algo tan sencillo que casi da pudor decirlo en voz alta. Y, sin embargo, ese contacto permite al cuerpo absorber electrones libres que ayudan a regular la inflamación. En un mundo lleno de suelos artificiales, pisar tierra es casi un acto de memoria corporal. El cuerpo lo reconoce. Y responde.
Moverse sin pelearse con el cuerpo

Luego está el movimiento, pero no el que duele solo de pensarlo. Soto insiste en algo que muchas veces olvidamos: el cuerpo no está hecho para una hora intensa de gimnasio y veintitrés sentado. Está hecho para moverse todo el día, sin épica. Caminar, subir escaleras, cargar bolsas, cambiar de postura. Movimiento cotidiano, casi invisible. Cuando el ejercicio se vuelve excesivo o mal entendido, el cuerpo puede leerlo como estrés, como si estuviera bajo amenaza. Y ahí deja de sumar.
La respiración es el cuarto pilar. Respirar lento y profundo no es una moda ni una técnica rara. Es una forma directa de decirle al sistema nervioso: todo está bien. La respiración profunda apaga la alarma interna, esa que nos mantiene en tensión constante. A veces basta con parar un minuto, mirar alrededor y respirar. Parece poca cosa. No lo es.
Ayunar, adaptarse y dormir mejor (sin trucos mágicos)

El quinto pilar es la pausa digestiva, el ayuno. Evolutivamente, no estamos diseñados para comer sin parar. Dar descanso al sistema digestivo activa procesos de limpieza y reparación celular. No comer durante un tiempo también es una forma de cuidado, aunque nos cueste asumirlo en una cultura donde siempre hay algo que picar.
Soto también matiza el papel del sol y la vitamina D. En algunas latitudes, la exposición solar no basta y la suplementación puede ser necesaria. Pero introduce una idea clave: la helioadaptación. El problema no es el sol, sino pasar meses encerrados y salir de golpe. Empezar con el amanecer y el atardecer, sumar poco a poco minutos al mediodía, crear un “callo solar”. Como casi todo en el cuerpo, se trata de adaptarse, no de forzar.









