lunes, 19 enero 2026

Alicia González, psicóloga: “Ninguna pareja puede aportarte absolutamente todo lo que necesitas”

En un contexto de vínculos frágiles y control normalizado, la psicóloga Alicia González analiza por qué el miedo, las expectativas imposibles y la confusión entre cuidado y control están erosionando las relaciones de pareja actuales.

Esta época está marcada por vínculos frágiles, expectativas desmedidas y nuevas formas de control disfrazadas de cuidado. No es una idea nueva, sino que viene siendo abordada por los especialistas hace años. En este escenario, la psicóloga Alicia González pone el foco en aquello que preocupa en consulta de pareja y que muchos viven en silencio.

Desde su experiencia clínica, González advierte que ciertas conductas que antes resultaban claramente problemáticas hoy comienzan a normalizarse. Control, miedo y una búsqueda constante de seguridad absoluta se cuelan en la pareja y terminan erosionando el vínculo desde dentro.

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Cuando el control se confunde con cuidado de la pareja

Cuando el control se confunde con cuidado de la pareja
Fuente:Canva

Una de las mayores alertas que señala Alicia González tiene que ver con la validación social de comportamientos que, en el fondo, son violentos. No siempre se presentan como agresión explícita. Muchas veces adoptan la forma de una preocupación aparentemente legítima. El ejemplo es cotidiano: compartir la ubicación del móvil para “estar tranquilo”. En determinados contextos puntuales, explica la psicóloga, puede ser un gesto funcional. El problema aparece cuando se convierte en una exigencia constante dentro de la pareja.

Según González, ahí se mezclan conceptos que no tienen nada que ver entre sí. La confianza no requiere saberlo todo. Muy por el contrario, confiar implica aceptar no verlo todo. Cuando la pareja necesita un control permanente para sostener la relación, lo que se rompe no es la transparencia, sino la intimidad. “Si necesito verificar constantemente dónde estás, con quién hablas o qué haces, ya no estoy confiando”, resume.

Esta dinámica, además, genera un efecto paradójico. Cuanto más se controla, mayor es la sensación de descontrol. Nada resulta suficiente. Siempre falta un dato más, una confirmación extra. La pareja empieza a asfixiarse y el vínculo se vuelve un espacio de vigilancia más que de refugio. Para la psicóloga, este tipo de conductas no hablan de amor, sino de miedo.

Expectativas imposibles y relaciones condenadas a la frustración

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Más allá del control, Alicia González observa otro fenómeno creciente en la pareja actual: el individualismo emocional. Personas que descartan vínculos porque el otro no cumple con todos y cada uno de sus deseos. Seguridad, pasión, estabilidad, aventura, erotismo y contención, todo concentrado en una sola persona. El resultado es casi siempre el mismo: nadie alcanza ese ideal.

“Ninguna pareja puede aportarte absolutamente todo lo que necesitas”, insiste González. Buscarlo no solo es irreal, sino profundamente frustrante. Para quien espera y para quien intenta, sin éxito, estar a la altura. En consulta, la psicóloga escucha con frecuencia relatos de vínculos que se rompen no por falta de cariño, sino porque el otro nunca es suficiente.

Detrás de esta lógica aparece, nuevamente, el miedo. Miedo a ser herido, a ser abandonado o a repetir experiencias pasadas. Frente a ese temor, algunas personas adoptan dos estrategias defensivas. La primera es el control extremo dentro de la pareja. La segunda, igual de dañina, consiste en levantar expectativas tan altas que nadie logra cumplirlas. De ese modo, el otro nunca entra del todo y la vulnerabilidad queda protegida.

González explica que ambas posturas conducen al mismo lugar: relaciones superficiales, desconexión emocional y una sensación constante de insatisfacción. La pareja se convierte en un escenario donde nadie se entrega por completo, pero todos reclaman.

El origen de estas dinámicas suele estar en la historia personal. La psicóloga distingue entre los grandes traumas, asociados a experiencias vitales extremas, y los traumas relacionales, mucho más comunes. Son aprendizajes tempranos sobre el amor: sentir que hay que ganárselo, que no está garantizado o que depende del rendimiento. Estos patrones se trasladan luego a la pareja adulta, generando vínculos ansiosos o evitativos.

En terapia, el abordaje no se centra únicamente en la pareja como sistema, sino en cada individuo. Porque, como señala González, en la relación se vuelca todo lo que uno es y también todo lo que le falta. El trabajo consiste en reconocer el malestar actual, comprender de dónde viene y, al mismo tiempo, adquirir herramientas para el presente. No se trata de abrir todos los cajones del pasado sin sostén, sino de integrar la historia personal sin que dirija el vínculo.

Incluso en situaciones complejas como una infidelidad, la psicóloga evita respuestas simplistas. Cada pareja es un mundo y cada ruptura tiene un recorrido previo. Antes de reconstruir, es imprescindible entender qué llevó a ese punto. Volver solo por nostalgia no basta. Sin conversaciones incómodas y honestas, el final suele repetirse.


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