lunes, 19 enero 2026

Iñaki Piñuel (61), psicólogo: “El niño sobreprotegido acaba convencido de su propia invalidez psicológica, mental e intelectual”

- Cuando el exceso de cuidado impide crecer y deja huellas invisibles que llegan hasta la vida adulta.

Un niño sobreprotegido no aprende a confiar en sí mismo, aprende a depender. La sobreprotección es uno de esos problemas que no levantan alarmas, porque no gritan, no golpean y no dejan marcas visibles. Al contrario. Se presenta envuelta en gestos de cariño, en atención constante, en ese “yo lo hago por ti” que parece inofensivo. Y sin embargo, puede ser profundamente dañina. Es un maltrato que no parece maltrato, y justo por eso resulta tan difícil de detectar.

Así lo explica Iñaki Piñuel, quien advierte que este tipo de abuso psicológico termina moldeando la personalidad del menor hasta convertirlo, ya en la edad adulta, en alguien dependiente, inseguro y especialmente vulnerable. Lo inquietante es que muchas veces nadie quiso hacer daño. Pero el daño ocurrió igual.

Publicidad

El cuidado que sustituye, no acompaña

sobreprotegido
La sobreprotección puede parecer cuidado, pero limita el desarrollo emocional. Fuente:Canva

La sobreprotección no se expresa con insultos ni castigos. Se expresa haciendo de más. Vigilando cada paso. Resolviendo cada dificultad antes de que el niño siquiera pueda intentarlo. Evitando cualquier frustración, cualquier error, cualquier tropiezo.

El adulto, con la mejor intención, toma el control. Y sin darse cuenta, le roba al niño algo esencial: la oportunidad de descubrir de qué es capaz. Porque aprender implica equivocarse. Y crecer, también.

Piñuel lo explica con claridad: existe la creencia de que el cuidado extremo no puede ser dañino. Pero lo es. “Ese control constante, esa dedicación excesiva, produce un modelado profundo de la personalidad”, señala. No se graba con palabras duras, sino con gestos cotidianos que repiten un mismo mensaje: tú no puedes solo.

La huella que se graba en ‘cemento fresco’

El nino sobreprotegido2 Merca2.es
Evitar el error en la infancia genera miedo al fracaso en la adultez. Fuente:Canva

El daño de la sobreprotección se inocula pronto, cuando la personalidad aún está formándose. Es como dejar una huella en cemento fresco: parece pequeña al principio, pero se queda para siempre si no se corrige.

El niño no recibe un discurso explícito de invalidez. Nadie le dice “no sirves”. Lo que recibe son conductas que lo convencen poco a poco de que no es capaz de pensar, decidir o enfrentarse al mundo por sí mismo. Aprende que fuera hay peligro. Que equivocarse es grave. Que necesita a alguien que le sostenga constantemente.

Así nace una invalidez psicológica aprendida. Un guion de vida tóxico que se convierte en profecía autocumplida. El niño crece, pero la desconfianza en sí mismo se queda. Y pesa.

Como explica Piñuel, no es abuso verbal, es abuso conductual. Son los actos —no las palabras— los que convencen.

La ‘cárcel de oro’ de la vida adulta

El nino sobreprotegido1 Merca2.es
El exceso de control debilita la confianza en uno mismo. Fuente:Canva

En la edad adulta, las consecuencias se hacen evidentes. Falta de autoestima racional. Dificultad extrema para poner límites. Un miedo paralizante al error. Fracasar no se vive como aprendizaje, sino como catástrofe.

Estas personas, que nunca pudieron equivocarse de niños, se convierten con facilidad en blanco de manipuladores, narcisistas o personas con rasgos psicopáticos integrados. Buscan apoyo, validación, alguien que decida por ellas. Y otros saben aprovecharlo.

Piñuel lo compara con quienes no fueron sobreprotegidos: pasaron dificultades, sí. Pero también aprendieron algo fundamental: confiar en sí mismos después de superarlas. Al niño sobreprotegido se le negó esa posibilidad. Se le enseñó que fallar no estaba permitido.

Romper el hechizo y recuperar la libertad

YouTube video

Salir de la sobreprotección empieza por algo incómodo: darse cuenta. Identificar esos guiones internos que dicen “no puedo”, “me van a hacer daño”, “mejor que decidan otros”. Y empezar a cuestionarlos.

Aceptar el fracaso es clave. Caerse está permitido. Levantarse, también. La famosa “cárcel de oro” es cómoda, sí, pero limita. Y la puerta, aunque no lo parezca, siempre ha estado dentro.

El objetivo final no es ir contra los padres ni contra el pasado. Es recuperar la autonomía emocional. Dejar de buscar muletas. Confiar, poco a poco, en las propias capacidades.

Piñuel utiliza una imagen muy potente: la sobreprotección convierte a la persona en un bonsái psíquico, recortado, limitado, una versión pequeña de lo que podría haber sido. La buena noticia es que ese bonsái puede volver a crecer. Con conciencia, con voluntad y con verdad. Porque nadie nació para vivir en una versión reducida de sí mismo.


Publicidad