La inteligencia artificial ha provocado un aumento inesperado en el precio de la electricidad, un fenómeno que ya afecta a millones de hogares mientras las tecnológicas instalan centros de datos masivos. Este consumo energético voraz no solo está tensionando las redes eléctricas, sino que ha creado una competencia desigual por el suministro que está encareciendo el recibo final de los consumidores.
La inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa de eficiencia para convertirse en un problema de infraestructura tangible. Mientras tú usas ChatGPT para redactar un correo, a miles de kilómetros un servidor consume la energía equivalente a un pueblo entero. Esta demanda masiva de las Big Tech está obligando a reactivar plantas de carbón y a retrasar el cierre de nucleares, impactando directamente en el coste de generación eléctrica mundial.
El problema radica en que la red eléctrica no fue diseñada para este crecimiento exponencial. Las empresas eléctricas están repercutiendo los costes de las mejoras de red en los ciudadanos, lo que se traduce en facturas de luz más caras para el usuario medio. Es la paradoja de la modernidad: la herramienta que iba a salvarnos el tiempo nos está vaciando la cartera a través del contador de la luz.
El hambre eléctrica de los servidores de Microsoft
No es solo una cuestión de volumen, sino de velocidad de implantación. Las grandes corporaciones como Microsoft y Amazon están comprando capacidad eléctrica a un ritmo que las redes nacionales no pueden gestionar. Durante el último año, el consumo de los centros de datos ha pasado de ser una nota al pie a convertirse en el principal motor de la demanda energética en países desarrollados.
Esta situación está provocando que las tarifas reguladas suban para financiar una infraestructura que solo beneficia a unos pocos gigantes tecnológicos. Es fascinante cómo la necesidad de procesamiento de datos ha pasado a ser una cuestión de estado, desplazando incluso las prioridades de transición ecológica de la Unión Europea. El silicio tiene hambre, y la estamos pagando entre todos.
La IA frente al ciudadano: la batalla por el kilovatio
¿Quién tiene prioridad cuando la red eléctrica llega a su límite de capacidad? En ciudades como Dublín o Frankfurt, los ayuntamientos ya están limitando la construcción de nuevos centros para que no colapse el suministro doméstico. El riesgo de apagones preventivos por saturación ya no es una teoría conspiranoica, sino una advertencia real de los operadores de red ante la fiebre de la IA.
Lo que resulta más cínico es que muchas de estas empresas se venden como «carbono neutral» mientras absorben toda la energía renovable disponible. Esto deja a las pequeñas industrias y hogares con las fuentes de energía más caras y contaminantes, elevando el precio medio del mercado mayorista. El algoritmo es eficiente, pero el cableado que lo alimenta está echando humo.
El recibo de la luz como daño colateral del progreso
España no es ajena a este fenómeno, siendo uno de los nodos preferidos para estos «hoteles de datos» por nuestra posición estratégica. El aumento de la demanda local por parte de estas infraestructuras está provocando que el precio del megavatio hora se mantenga en niveles inusualmente altos incluso en horas valle. Ya no hay escape: el consumo constante de la IA no entiende de horarios nocturnos.
A menudo se nos dice que la tecnología abaratará costes, pero en el sector energético está sucediendo exactamente lo contrario. La inversión necesaria para actualizar las subestaciones eléctricas nacionales se cuenta por miles de millones de euros, y adivina quién verá ese concepto desglosado en su factura mensual. La democratización de la IA tiene una letra pequeña que nadie nos leyó al principio.
¿Es sostenible un futuro alimentado por el gran algoritmo?
La sostenibilidad del modelo actual está bajo la lupa de los expertos en energía más reputados. Para que la IA siga creciendo, necesitaríamos construir la infraestructura de una década en apenas un par de años, algo físicamente imposible. Este cuello de botella está haciendo que el valor de la energía garantizada suba de forma especulativa en los mercados de futuros, otro golpe al bolsillo ciudadano.
No se trata de ser luditas, sino de exigir que el coste del progreso sea asumido por quienes se lucran con él. Mientras las tecnológicas reportan beneficios récord, el ciudadano medio mira con miedo el termostato por temor a la próxima subida del IPC impulsada por la energía. El futuro era digital, sí, pero nadie nos dijo que el mantenimiento del servidor lo pagaríamos nosotros.
El fin de la energía barata en la era de los datos
Estamos asistiendo al fin de una era de estabilidad energética gracias a la presión de la computación en la nube. La solución no parece sencilla, pues las Big Tech ahora exploran incluso instalar sus propios minireactores nucleares para no depender de la red pública. Sin embargo, hasta que eso ocurra, la presión sobre los precios eléctricos seguirá siendo una constante que asfixiará a las economías domésticas.
El cierre de este ciclo dependerá de una regulación que obligue a los centros de datos a ser autosuficientes o a pagar un canon de infraestructura. De lo contrario, seguiremos viendo cómo el coste de la vida aumenta a la misma velocidad que la capacidad de procesamiento de un microchip. La inteligencia artificial es muy lista, pero parece que aún no ha aprendido a generar su propia luz.








