Pelayo Gayol, exmiembro y formador del Grupo Especial de Operaciones (GEO) de la Policía Nacional, no suele hablar de cine desde la complacencia. Su mirada es la de quien ha vivido durante años la distancia entre la ficción y la realidad operativa. Por eso, cuando reconoce que una película “está bien asesorada”, lo hace con un respeto poco habitual en el mundo audiovisual.
En un contexto de renovado interés por el cine táctico y de operaciones especiales, Gayol aporta algo que escasea: criterio profesional. Su experiencia permite entender por qué algunas películas conectan con quienes han estado allí y por qué otras fracasan estrepitosamente, aunque triunfen en taquilla.
Cuando la película se acerca a la realidad operativa

Para Pelayo Gayol, el principal problema de cualquier película basada en hechos reales es el tiempo. Operaciones que duran días —o semanas— deben comprimirse en apenas dos horas. Esa exigencia narrativa obliga a seleccionar, simplificar y, muchas veces, distorsionar.
Sin embargo, hay excepciones. Gayol cita 13 Hours: The Secret Soldiers of Benghazi como una película que logra algo poco frecuente: reflejar con bastante fidelidad funciones que él mismo desempeñó durante años. Protección de embajadas, evacuaciones, escoltas a personal diplomático o de inteligencia. Escenarios donde, paradójicamente, cuando todo se hace bien “no pasa nada”.
Ese es uno de los grandes dilemas que la película consigue mostrar con acierto. La seguridad eficaz es incómoda. Limita movimientos, genera fricciones y, cuando el tiempo pasa sin incidentes, crea una falsa sensación de control. Los protegidos empiezan a pensar que tanta prevención es exagerada. Justo el momento que esperan muchos adversarios.
En ese equilibrio constante —entre facilitar la vida del protegido y no ponerla en riesgo— se juega buena parte del trabajo real. “Evacuar una embajada es fácil”, viene a decir Gayol. Lo complejo es decidir qué se puede hacer, hasta dónde se puede llegar y cuándo conviene frenar. Cuando una película entiende esa tensión, el resultado se nota.
Información, silencio y lo que el cine casi nunca cuenta
La conversación cambia de tono cuando Gayol habla de La infiltrada, una película que conecta con otra etapa de su carrera, lejos del GEO y dentro de los grupos de información. Vigilancias, seguimientos, recopilación de datos y, sobre todo, hermetismo. Mucho hermetismo.
En ese mundo, no saber era parte del trabajo. No por desprecio, sino por seguridad. Cuanta menos gente conocía una operación, menor era el riesgo. Gayol recuerda encargos aparentemente absurdos: quedarse en un punto concreto y avisar si pasaba un coche determinado. Nada más. Cualquier iniciativa fuera de lo ordenado podía comprometerlo todo.
Esa lógica es difícil de trasladar a una película. El espectador espera explicaciones, giros, protagonismo. La realidad, en cambio, está llena de silencios y fragmentos inconexos. Muchas veces, el sentido de una operación solo se comprende años después.
Por eso, cuando el cine falla en el asesoramiento, el rechazo es inmediato. Pelayo Gayol lo compara con una película médica mal documentada: puede colar para el público general, pero resulta inverosímil para quien conoce el oficio. En el ámbito táctico, ese error es constante.
Las películas que se convierten en referencia

Aun así, hay películas que Gayol considera de culto. En tierra hostil es una de ellas. No solo por su tensión narrativa, sino por el respeto al procedimiento y al desgaste emocional de los equipos. Otro caso paradigmático es La noche más oscura, centrada en la captura de Bin Laden.
Esa película, explica, une dos mundos que marcaron su carrera: la inteligencia y la operación final. Más allá de licencias inevitables, refleja bien la fatiga de los equipos, las dudas, los miedos y la presión acumulada tras años de búsqueda. También muestra algo fundamental: muchas operaciones no se resuelven solo por brillantez, sino por persistencia y, a veces, por un golpe de suerte.
Para Gayol, ahí reside el valor diferencial. Cuando una película no glorifica en exceso, cuando muestra las grietas, las dudas y el coste humano, se acerca a la verdad. No a una verdad absoluta, pero sí a una reconocible para quienes han estado dentro.









