El estrés no siempre viene de fuera, muchas veces nace de cómo responde tu cerebro. Cuando Rodrigo Ruiz habla de rendimiento, no lo hace desde la épica del “puedes con todo”. Al contrario. Su discurso parte de una advertencia muy clara: no sirve de nada alcanzar objetivos si por el camino te rompes por dentro. Desde su trabajo al frente de la consultora Break, acompaña a emprendedores y profesionales exigentes a optimizar su mente sin sacrificar la salud emocional.
Su enfoque mezcla neurociencia y naturopatía, pero sobre todo sentido común. El objetivo no es forzar al cerebro, sino convertirlo en un aliado, dejar de vivir con esa sensación de lucha constante contra uno mismo. Porque, como él repite a menudo, el verdadero éxito es sostenible… o no es éxito.
El cerebro no quiere que seas feliz, quiere que sobrevivas

Una de las ideas que más cuesta aceptar es esta: el cerebro no está diseñado para hacernos felices. Está diseñado para mantenernos vivos. Para ahorrar energía, detectar amenazas y anticipar problemas. En la prehistoria eso nos salvaba. Hoy, nos agota.
Rodrigo lo explica con una imagen muy reconocible: la famosa mente mono. Empiezas con un pensamiento, saltas a otro, luego a otro más… y cuando te das cuenta llevas media hora sin foco y con una sensación rara de cansancio. No es que seas disperso. Es tu cerebro funcionando sin entrenamiento.
La buena noticia es que el cerebro es plástico. Cambia. Se adapta. Pero hay que trabajarlo. “Cambiar hábitos no es solo cambiar lo que haces, es cambiar tu estructura cerebral”, explica. Por eso insiste en tratar la mente como un músculo: si no se entrena, se atrofia; si se entrena bien, responde.
Estrés: no se trata de huir, sino de ampliar la capacidad

Rodrigo no demoniza el estrés. De hecho, lo considera inevitable. El problema no es el estrés en sí, sino no tener capacidad para sostenerlo. Para explicarlo utiliza la metáfora de los dos vasos: si el vaso del estrés se llena, solemos intentar vaciarlo escapando, desconectando o abandonando. Pero eso no siempre es posible.
La alternativa es crear un segundo vaso. Ampliar la capacidad del sistema. Y ahí entra una idea clave: la coherencia interna. Cuando lo que piensas, sientes y haces no va en la misma dirección, el cuerpo entra en conflicto. Y ese conflicto, mantenido en el tiempo, se convierte en estrés crónico.
A nivel físico, el cuerpo lo deja claro. En modo alerta, la sangre se dirige a músculos y corazón para “huir”. La digestión se ralentiza, el sistema inmune se resiente. El cuerpo cree que estás en peligro, aunque solo estés delante del ordenador.
Herramientas sencillas que cambian mucho

Entre las herramientas prácticas que propone, hay una que suele sorprender: trabajar por bloques. El cerebro necesita unos 23 minutos para entrar en foco profundo, por eso los bloques de 25 minutos funcionan tan bien. La multitarea, en cambio, no es eficiencia: reduce el rendimiento cognitivo y desgasta la mente.
Otra herramienta poderosa es la respiración 4-8. Inspirar cuatro segundos, soltar el aire en ocho, por la nariz y con respiración abdominal. Parece simple, pero activa el nervio vago y envía al cerebro un mensaje claro: no hay peligro. Y cuando el cerebro se siente seguro, todo empieza a ordenarse.
La presencia plena completa el triángulo. “La mente casi nunca está donde está el cuerpo”, dice Rodrigo. Entrenarla para volver al presente no es espiritualidad abstracta, es higiene mental.
Desde la naturopatía, también recurre a adaptógenos como la ashwagandha, la rodiola o el ginseng coreano, siempre con una idea clara: apoyar al sistema, no tapar síntomas.









