La dieta mediterránea no es una moda: es una forma de cuidar el corazón y la salud con el paso del tiempo. Hay personas que hablan de nutrición como quien recita una tabla de datos. Y luego está Miguel Ángel Martínez-González, que habla como quien lleva años mirando las cifras… y también a las personas que hay detrás de ellas. Catedrático de Medicina Preventiva, investigador principal del estudio PREDIMED y una de las grandes referencias mundiales en epidemiología nutricional, su mensaje es tan simple que a veces incomoda: lo que ponemos en el plato cada día acaba pasando factura, para bien o para mal.
No habla de cuerpos perfectos ni de dietas milagro. Habla de salud pública. De prevención. De sentido común. Y, sobre todo, de tiempo. Porque comer bien no es una carrera de 30 días, es una relación que dura toda la vida.
La dieta mediterránea: cuando lo sencillo es lo que funciona

La dieta mediterránea no necesita marketing. No promete resultados exprés ni soluciones mágicas, pero lleva décadas demostrando que funciona. Verduras todos los días, fruta fresca, legumbres varias veces por semana, aceite de oliva virgen extra como grasa principal. Comida real. De la de toda la vida.
Y quizá ahí esté su mayor fortaleza. No te aísla, no te castiga, no te obliga a vivir midiendo cada bocado. Se puede mantener. Se puede disfrutar. Y eso, cuando hablamos de salud a largo plazo, lo cambia todo.
Martínez-González lo dice claro: invertir en un buen aceite de oliva virgen extra es invertir en salud. No como metáfora bonita, sino como realidad medible. Menos enfermedad cardiovascular, menos inflamación, menos problemas que llegan sin hacer ruido. A veces lo más poderoso es lo más cotidiano.
Alcohol: menos mitos y más responsabilidad

Cuando sale el tema del alcohol, el tono cambia. Aquí no hay romanticismo. Para menores de 35 años, alcohol cero. Sin rodeos. El cerebro aún está madurando y el riesgo de adicción es real. No compensa. Punto.
En adultos de más edad, a partir de los 50 o 55 años, el discurso se vuelve más prudente. Algunos estudios sugieren que un consumo muy moderado de vino tinto podría tener cierto efecto protector cardiovascular. Pero ojo: no es una carta blanca. Ni mucho menos.
Por eso lidera el proyecto UNATI, un ensayo clínico que busca algo muy poco habitual en nutrición: certeza. Saber si ese beneficio existe de verdad o si llevamos años repitiendo una historia cómoda, pero incompleta. Aquí no hay dogmas. Hay preguntas bien hechas.
Ultraprocesados, pantallas y decisiones que parecen pequeñas

Otra de sus luchas tiene un enemigo claro: los ultraprocesados. Productos diseñados para que no puedas parar, fabricados con ingredientes baratos y aditivos pensados para enganchar. No alimentan, entretienen al paladar. Y mientras tanto, la salud va pagando la cuenta.
Martínez-González no se muerde la lengua cuando habla de la presión de la industria alimentaria sobre políticas y guías nutricionales. Ha denunciado intentos de soborno y defiende algo que suena radical solo porque no se hace: abaratar la comida sana y encarecer la que enferma.
Y luego está el tema de las pantallas. Aquí el mensaje duele más. Dar un smartphone a un niño de 10, 11 o 12 años, en pleno desarrollo cerebral, no es inocente. Ansiedad, falta de atención, problemas de sueño, tristeza que no siempre sabemos nombrar. Incluso habla de un “efecto Flynn inverso”: generaciones con menos capacidad de concentración profunda.
Su frase es dura, pero invita a parar: quizá hemos confundido progreso con velocidad.
Prevenir no es exagerar, es cuidar
Al final, todo converge en la misma idea. La prevención sigue siendo la mejor medicina, aunque no haga ruido ni venda titulares. Hace falta investigación independiente, políticas valientes y familias dispuestas a poner límites, aunque no sea lo más cómodo.
Las decisiones que tomamos hoy —qué comemos, qué normalizamos, qué permitimos— dibujan la salud del mañana. No es alarmismo. Es responsabilidad compartida. Y, quizá, una oportunidad para hacerlo mejor que antes.









