lunes, 19 enero 2026

La demanda de General Dynamics contra Indra confirma el cambio de ciclo: España deja de pedir permiso para defenderse.

General Dynamics demanda a Indra al verse desplazada del mercado español. El choque confirma el éxito de la estrategia de soberanía de Ángel Escribano frente al gigante de EE. UU.

La noticia ha caído como una bomba en los despachos de Washington y Bruselas, pero en Madrid se lee con una media sonrisa. General Dynamics ha demandado a Indra, alegando que la estrategia de la compañía española «mata su negocio» en el país. Lejos de ser un revés, esta maniobra legal se interpreta en el sector como la certificación definitiva del éxito del nuevo modelo industrial: cuando el gigante americano patalea, es porque la soberanía española ha dejado de ser un eslogan para convertirse en facturación.

Lo que está en juego no es una patente o un contrato menor, sino quién tiene las llaves de la defensa europea en las próximas décadas.

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En apenas un año, el tablero ha cambiado radicalmente. La presidencia de Ángel Escribano en Indra ha servido para desplazar a la mayor industria de defensa americana instalada en España, reordenando el mapa industrial desde Madrid y no desde Virginia. Este movimiento tectónico, respaldado por un contexto geopolítico donde la UE busca desesperadamente su autonomía, ha puesto nerviosos a quienes vivían cómodos en el monocultivo de la dependencia estadounidense.

Una demanda que huele a miedo, no a justicia

Hay que leer la letra pequeña de la queja de General Dynamics para entender la magnitud del seísmo. No estamos ante una disputa por irregularidades técnicas o fallos de procedimiento; la multinacional estadounidense ha activado la vía legal como un recurso defensivo ante la pérdida de control sobre el mercado español. Acostumbrados a operar como proveedor casi cautivo del Estado, ver peligrar su posición dominante les ha llevado a utilizar los tribunales como último dique de contención.

El argumento de que el plan de Indra «mata su negocio» es, paradójicamente, la mayor validación posible para la tecnológica española. General Dynamics está reconociendo implícitamente que España ha dejado de organizar su defensa en torno a intereses foráneos. La demanda no busca solo compensación, sino lanzar un mensaje intimidatorio al Ministerio y al Gobierno para frenar lo que consideran un precedente intolerable: que un país europeo decida ser arquitecto de su seguridad y no mero cliente.

El factor Escribano: Soberanía ejecutiva

La transformación de Indra en el eje vertebrador de la defensa nacional no ha sido un accidente, sino una ejecución quirúrgica. En doce meses, Ángel Escribano ha logrado alinear los intereses de la compañía con la doctrina de autonomía estratégica que exige Bruselas. El resultado es que el centro de decisión ha regresado al perímetro nacional, dejando a filiales como Santa Bárbara Sistemas (propiedad de GD) en una posición irrelevante que ya no pueden disimular.

El mercado, que no entiende de patriotismos pero sí de rentabilidad, ha dictado sentencia mucho antes que cualquier juez. Mientras General Dynamics amenaza con litigios, el valor en bolsa de Indra se ha multiplicado, demostrando que los inversores ven en la soberanía industrial un motor de crecimiento real y no una ideología. La figura de Escribano se ha consolidado así no como un directivo decorativo, sino como un líder incómodo capaz de ejecutar lo que otros solo se atrevían a susurrar.

La economía de la defensa: 2,2 euros por cada euro

Este giro hacia la soberanía no es solo una cuestión de orgullo nacional, sino de pura supervivencia económica y tecnológica. Según los últimos datos del Instituto de Estudios Económicos, la industria de defensa española es un motor de riqueza capaz de generar 2,2 euros de PIB por cada euro invertido, acaparando casi un tercio de todo el gasto en I+D+i industrial del país. En un contexto de inestabilidad global, apostar por «lo de casa» es la única vía para reducir la dependencia de unos EE. UU. cuyo apoyo es cada vez más volátil.

El choque actual escenifica la colisión de dos modelos incompatibles. Por un lado, el de General Dynamics, basado en la dependencia tecnológica externa y la escasa reinversión local; por otro, el modelo Indra-Escribano, que apuesta por el control nacional de programas críticos y la creación de empleo cualificado en suelo europeo. Europa necesita alcanzar un gasto en defensa cercano al 3,4% del PIB en 2030, y la duda es si ese dinero acabará en cuentas americanas o sirviendo para reindustrializar el viejo continente.

El mensaje equivocado de los americanos

Al plantear esta batalla en términos de «supervivencia», General Dynamics ha cometido un error de cálculo estratégico. Su amenaza de «si no mandamos nosotros, litigamos» ha tenido un efecto bumerán que refuerza la legitimidad de Indra ante los socios europeos. Lejos de asustar, la demanda confirma que el camino emprendido es el correcto: recuperar la capacidad de decisión.

Expertos industriales y analistas coinciden en que este movimiento es el último recurso del poder desplazado. España ha decidido dejar de ser una «planta de ensamblaje» para potencias extranjeras, y aunque eso moleste a los gigantes de siempre, la hoja de ruta de la soberanía industrial ya no tiene marcha atrás.


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