El calcio, mal entendido, puede convertirse en un enemigo silencioso de la salud cardiovascular. Cumplir 60 no es cruzar una línea invisible, pero sí notar que el cuerpo empieza a comportarse de otra manera. Las mismas rutinas ya no tienen el mismo efecto, y aquello que antes pasaba desapercibido ahora deja huella. El metabolismo se vuelve más pausado, el hígado y los riñones trabajan con menos margen de error y los nervios —como cables antiguos— se vuelven más delicados.
Todo esto crea un escenario nuevo, distinto al de los 40 o los 50. Algunos suplementos que parecían inocentes pueden empezar a acumularse y causar problemas, mientras que otros, curiosamente, se vuelven imprescindibles para seguir sintiéndonos ágiles, independientes y mentalmente despiertos. ¿No es paradójico?
Por eso conviene hacer una pausa y revisar qué estamos tomando y por qué. Porque no, no todas las vitaminas son buenas solo por llamarse vitaminas.
Vitaminas que conviene frenar antes de que pasen factura

Empecemos por la vitamina A en forma de retinol. Aquí está la trampa: no es lo mismo obtenerla de una zanahoria que de una cápsula. El retinol se va quedando en el hígado poco a poco, sin avisar. Y cuando se acumula demasiado, aparecen la fatiga persistente, los mareos, la fragilidad ósea o incluso alteraciones del ritmo cardíaco. Mejor apostar por los alimentos y dejar los suplementos solo para cuando un médico lo indique.
El hierro es otro caso delicado. A partir de cierta edad, el cuerpo ya no lo elimina con facilidad. Lo guarda. Y ese exceso termina oxidando por dentro, afectando al corazón, al cerebro y a la circulación. Lo que antes fortalecía, ahora puede sobrecargar.
Algo parecido ocurre con el calcio aislado. Tomarlo sin vitamina D3, K2 o magnesio es como mandar una carta sin dirección: no llega a los huesos y acaba en lugares donde no debería estar, como las arterias. Resultado: rigidez, cálculos renales, estreñimiento… y algún susto cardiovascular.
Y atención a la vitamina B6 en dosis altas. Se asocia a energía, sí, pero en exceso puede dañar los nervios. Hormigueo, torpeza al caminar, pérdida de equilibrio… síntomas que muchas personas achacan a “cosas de la edad”, cuando en realidad no lo son.
Los nutrientes que se vuelven aliados silenciosos

La buena noticia es que hay vitaminas y minerales que, bien utilizados, marcan una diferencia real. El magnesio, por ejemplo, es un todoterreno. Ayuda al corazón, al descanso, a los músculos y al sistema nervioso. Su déficit es muy común y se nota en calambres, ansiedad o palpitaciones (esa sensación incómoda que aparece justo cuando intentas relajarte).
La vitamina D3 también gana protagonismo. Con los años, la piel deja de fabricar suficiente con la luz solar. Y su ausencia se traduce en debilidad muscular, más caídas y defensas bajas. No es solo una vitamina, es una base.
La vitamina B12 merece mención especial. Cuando el estómago produce menos ácido, se absorbe peor. Y su carencia puede imitar una demencia temprana: despistes, confusión, mareos. A veces no es la memoria la que falla, es el nutriente que falta.
Y luego están los omega-3 (EPA y DHA), ese escudo discreto que protege cerebro, corazón y articulaciones. No los fabrica el cuerpo, pero su aporte regular ayuda a mantener la mente clara y el cuerpo más suelto, menos rígido.
Elegir bien para envejecer mejor

Envejecer con vitalidad no suele depender de grandes gestos, sino de decisiones pequeñas y constantes. Lo que tomamos cada día suma… o resta. Mientras que el retinol, el hierro, el calcio aislado o la B6 en exceso pueden ir “endureciendo” el organismo desde dentro, el magnesio, la D3, la B12 y los omega-3 trabajan en equipo para sostener la energía, la movilidad y la confianza.
La clave no está en tomar más, sino en tomar mejor. Informarse, personalizar y, siempre que sea posible, hacerlo con acompañamiento profesional. Porque cuidarse a los 60 no es rendirse al paso del tiempo, es aprender a caminar con él.









