En España, el debate sobre inmigración vuelve una y otra vez al centro de la escena pública. A menudo lo hace envuelto en tensión, titulares alarmistas y discursos simplificados. Sin embargo, detrás de cada cifra y cada consigna hay historias humanas que rara vez ocupan el foco.
Taoufik Cheddadi, divulgador y analista de inmigración, observa este fenómeno desde una doble mirada: la de quien ha tenido que emigrar y la de quien analiza el contexto político y social que rodea a este debate en la España actual.
La inmigración como cortina de humo política

Para Cheddadi, uno de los grandes problemas del debate actual es su utilización política. A su juicio, la inmigración se ha convertido en un recurso recurrente para desviar la atención de los problemas estructurales que afectan a la ciudadanía. El paro, la crisis energética, el encarecimiento de la vivienda o la pérdida de poder adquisitivo quedan en un segundo plano cuando el foco se coloca, de manera interesada, sobre quienes han llegado al país para emigrar en busca de una vida mejor.
España, recuerda, no es una sociedad homogénea ni lo ha sido nunca. Su historia está marcada por el paso de civilizaciones y culturas que han dejado una huella profunda en su identidad. Celtas, romanos, árabes, judíos y cristianos forman parte de una construcción colectiva que explica por qué el país es diverso, multilingüe y plural. Pretender lo contrario, advierte, supone un riesgo que ya se ha pagado caro en el pasado.
Cheddadi recupera una lección clave de la Transición española. Tras décadas de confrontación y una dictadura que intentó imponer una única forma de entender el país, distintas sensibilidades ideológicas se sentaron a dialogar. De ese consenso nació la Constitución de 1978, un marco que apostó por la convivencia y el respeto. Olvidar esa experiencia, señala, implica repetir errores que fracturan a la sociedad.
Inmigración: no es una elección cómoda, es una necesidad
“Nadie deja su país por gusto”. La frase resume una de las ideas centrales de Cheddadi. Emigrar supone romper con la familia, la lengua cotidiana y los afectos. Supone también asumir riesgos que, en muchos casos, ponen en juego la propia vida. El analista insiste en que nadie se sube a una patera o cruza fronteras por capricho. Se emigra porque no hay alternativas.
España conoce bien esa realidad. Durante los años más duros de la dictadura, miles de españoles tuvieron que emigrar a países europeos para trabajar en fábricas y enviar dinero a sus familias. Otros tantos cruzaron el océano hacia América Latina. Esa memoria, sin embargo, parece diluirse cuando el debate gira hacia quienes hoy llegan desde África o América Latina con la misma esperanza.
Cheddadi subraya que denunciar las mafias que se aprovechan del sufrimiento humano es imprescindible. Pero instrumentalizar ese drama para criminalizar a quienes deciden emigrar es, a su entender, una perversión del debate. El derecho a emigrar forma parte de los derechos humanos y no puede ser tratado como una amenaza.
A ello se suma un dato demográfico difícil de ignorar. España atraviesa una profunda crisis de natalidad. Las proyecciones a 2050 muestran un país envejecido, con menos población activa y mayores necesidades sociales. En ese contexto, quienes han llegado para emigrar ya están sosteniendo sectores clave de la economía y del sistema de cuidados. Sin su aportación, las arcas del Estado y la Seguridad Social sufrirían un impacto inmediato.
El discurso que asocia inmigración con inseguridad tampoco convence a Cheddadi. En todas las sociedades existen personas que delinquen, independientemente de su origen. Individualizar un delito y extenderlo a un colectivo entero es una falacia peligrosa. Para eso existe el Estado de derecho: la ley es igual para todos y debe aplicarse sin ideologías ni etiquetas.
Lejos de ver la diversidad como una amenaza, el analista la define como una riqueza. La mezcla cultural, cuando se gestiona desde la convivencia y la igualdad de derechos, fortalece a las sociedades. Escuelas que no cerraron, barrios que se revitalizaron y pequeños negocios que volvieron a abrir son ejemplos cotidianos de cómo la inmigración también construye futuro.








