A veces, un fármaco olvidado es justo lo que la ciencia necesita volver a mirar. A veces la ciencia avanza como un fogonazo. Otras, en cambio, avanza despacio, casi en silencio, mirando hacia atrás y preguntándose si algo que ya conocemos podría servir para algo más. Con el itraconazol está pasando precisamente eso. Un medicamento antiguo, de esos que llevan años en las farmacias para tratar infecciones por hongos, empieza a levantar la ceja en oncología. Y no por casualidad.
El llamado reposicionamiento de fármacos suena técnico, pero la idea es muy humana: aprovechar lo que ya sabemos que funciona y es seguro para darle una nueva oportunidad en otro contexto. En cáncer, donde cada avance cuesta tiempo, dinero y, sobre todo, paciencia, esta estrategia puede marcar la diferencia. El itraconazol no promete milagros, pero sí algo muy valioso: tiempo, opciones y una vía distinta cuando parece que ya no quedan caminos.
Cuando la esperanza tiene nombre y apellido

Todo esto cobra otra dimensión cuando se traduce en una historia real. La de Daniel Izzo es una de ellas. Diagnosticado con cáncer de colon en estadio 4, con metástasis ya presentes y tras haber pasado por los tratamientos convencionales, su situación era la que nadie quiere escuchar. En ese punto, su oncólogo decidió añadir itraconazol al tratamiento. No como sustituto, sino como complemento.
Lo que ocurrió después no fue magia, pero sí fue significativo. Los tumores pulmonares empezaron a reducirse, su energía volvió poco a poco y, algo clave, ciertas células cancerosas que habían quedado “escondidas” tras la quimioterapia dejaron de pasar desapercibidas. Esas células silenciosas, las que suelen estar detrás de las recaídas, se volvieron vulnerables otra vez. Para quien vive con un diagnóstico así, eso no es un dato: es oxígeno.
Una especie de navaja suiza contra el cáncer

Parte del interés del itraconazol está en que no juega a una sola carta. Actúa desde varios ángulos, como si el cáncer no supiera por dónde le va a venir el golpe. Por un lado, dificulta que el tumor cree nuevos vasos sanguíneos. Dicho en claro: le corta el suministro. Sin oxígeno ni nutrientes, crecer se vuelve mucho más complicado.
También bloquea una vía genética llamada Hedgehog. Normalmente está apagada en adultos, pero muchos tumores la reactivan para crecer sin control. El itraconazol apaga ese interruptor. Y además, interfiere con uno de los trucos más habituales del cáncer: expulsar la quimioterapia antes de que haga efecto. El fármaco bloquea ese “sistema de escape” y permite que la quimio se quede donde tiene que quedarse.
Y todavía hay más. El itraconazol parece debilitar a las llamadas células madre del cáncer, las más resistentes, las que sobreviven a casi todo y hacen que la enfermedad vuelva. Quitarlas del juego cambia el tablero.
Riesgos reales y una paradoja incómoda

Que sea un medicamento conocido no significa que sea inocuo. Las dosis oncológicas pueden llegar a 600 mg diarios, y existen efectos secundarios y, sobre todo, interacciones con otros fármacos. Por eso, su uso solo tiene sentido bajo una supervisión médica muy estricta. Aquí no hay atajos.
Y luego está la gran contradicción. El mayor freno no es científico, es económico. Al ser un medicamento genérico, barato y no patentable, no resulta atractivo para financiar los enormes ensayos clínicos necesarios. Así, posibles tratamientos quedan atrapados en una especie de limbo, no porque no funcionen, sino porque no generan beneficios.
Quizá el caso del itraconazol nos obligue a replantearnos algo incómodo: que no siempre lo más valioso es lo más rentable. Y que, a veces, la verdadera innovación consiste en mirar lo de siempre con otros ojos.









