Cuidar el vínculo con los hijos empieza, muchas veces, por revisar las expectativas que proyectamos sobre ellos sin darnos cuenta. La reproducción asistida no es solo una cuestión médica. Eso lo sabe cualquiera que haya pasado, aunque sea de puntillas, por ese camino. Es un proceso que remueve, que aprieta por dentro y que te obliga a convivir, a veces en el mismo día, con la ilusión más luminosa y el miedo más silencioso. En medio de ese vaivén emocional, la psicología deja de ser un “extra” para convertirse en un verdadero salvavidas. Así lo defiende David González Jerpe, psicólogo especializado en reproducción asistida, que insiste en algo tan sencillo como revolucionario: el acompañamiento emocional debería estar desde el principio, no cuando ya estamos al límite.
Su manera de entender este proceso parte de una idea que, cuando la escuchas, encaja casi sin esfuerzo. El tratamiento no puede comerse a la persona. “Mientras estás en repro, estás viviendo”, dice. Y es verdad. La vida sigue pasando, aunque las citas médicas marquen el calendario. Para él, el éxito no es solo llegar al embarazo, sino ser capaz de sostener el camino sin desaparecer en él. Persistir, sí, pero sin perderse. Regular emociones, pedir ayuda y seguir siendo pareja, persona, individuo.
Mucho más que terapia: el papel real del psicólogo

En reproducción asistida, el psicólogo no trabaja en solitario ni desde una torre de marfil. Forma parte de un equipo que acompaña a las familias en uno de los proyectos más delicados de su vida. Su trabajo empieza, muchas veces, antes de que haya pinchazos, pruebas o resultados. Una sesión inicial puede funcionar como una especie de “foto emocional”: ¿desde dónde partimos?, ¿qué miedos ya están ahí?, ¿qué expectativas pesan más de la cuenta?
David insiste especialmente en algo que a veces se quiere saltar por prisa o por miedo: trabajar el duelo genético antes de recurrir a la donación de gametos. No hacerlo puede dejar heridas abiertas que más tarde aparecen donde menos se esperan, en la pareja o en el vínculo con el futuro hijo. Y luego está el abandono. Porque no siempre se consigue a la primera. Prepararse psicológicamente reduce el riesgo de tirar la toalla demasiado pronto. “Esto no es un sprint”, repite. Es una carrera de fondo, y conviene saber dosificar fuerzas.
Cuando la genética no está, pero el vínculo sí

El duelo genético es, probablemente, uno de los tramos más empinados del camino. Renunciar a la propia carga biológica duele, aunque a veces cueste decirlo en voz alta. Para David González, aceptar esa pérdida es imprescindible para construir una paternidad o maternidad sana. El apego no nace de los genes, nace del cuidado, del deseo sostenido día a día. Los padres y madres, recuerda, son los verdaderos motores de vida: sin su decisión, ese niño simplemente no existiría.
Aquí también aparecen diferencias importantes entre hombres y mujeres. Muchos hombres viven el problema reproductivo como una herida directa a su masculinidad y optan por una especie de silencio estoico. Aguantan, callan… y sin querer levantan muros dentro de la pareja. Poner palabras a eso, aunque cueste, suele aliviar más de lo que incomoda.

Y cuando ese hijo llega, David es claro: los niños tienen derecho a conocer sus orígenes. Contarlo de forma natural, mejor antes de los siete años, permite que esa información se integre sin drama, como parte de su historia.









