Muchas molestias intestinales empiezan en los hábitos, no en la genética. La salud gastrointestinal va mucho más allá de la genética o de una analítica puntual. Tiene mucho que ver con cómo vivimos, cómo comemos y cómo gestionamos lo que nos pasa por dentro. Así lo explica el doctor Abdiel Maisonet, que insiste en que muchos problemas digestivos habituales no aparecen por azar ni están escritos en nuestros genes, sino que se van construyendo poco a poco, casi sin darnos cuenta, a base de hábitos, estrés y señales corporales ignoradas.
Dicho de otra manera: el cuerpo avisa. Otra cosa es que tengamos tiempo, ganas o costumbre de hacerle caso. Y ahí es donde empiezan muchos de los problemas. La buena noticia es que gran parte de estas afecciones se pueden prevenir o mejorar con cambios pequeños, realistas y sostenidos (los que sí se pueden mantener).
Escuchar al cuerpo: lo básico que solemos olvidar

Uno de los mensajes más claros del especialista es también uno de los más simples. Hay que escuchar al cuerpo. Parece obvio, pero en la práctica no lo es tanto. Las prisas, el trabajo, la vergüenza o ese “luego voy” constante hacen que muchas personas ignoren la necesidad de ir al baño. Y el intestino, que tiene memoria, acaba pasando factura.
El estreñimiento, tan común como infravalorado, suele ser consecuencia directa de no respetar los ritmos naturales del organismo. “Hay que hacerle caso al cuerpo, porque si no, el peligro es real”, explica Maisonet. Y lo dice desde la experiencia clínica: personas que durante años normalizaron esa incomodidad y terminaron desarrollando problemas más serios. El cuerpo funciona mejor cuando no lo forzamos. Tan sencillo y tan complicado a la vez.
¿Genética o costumbre? El peso de lo aprendido

Durante mucho tiempo se ha asumido que ciertos trastornos digestivos eran hereditarios. Pero el doctor introduce un matiz importante: en la mayoría de los casos hablamos de comportamientos aprendidos. Desde la infancia copiamos rutinas, escuchamos frases que se quedan grabadas y normalizamos hábitos que no siempre nos benefician.
A eso se suman factores como una alimentación baja en fibra, poca actividad física o una hidratación insuficiente. No es que el intestino “salga malo”, es que lo educamos así, sin querer. “Muchas veces no es algo hereditario, sino conductas que se aprenden desde pequeños”, señala Maisonet. Y esta idea, lejos de culpabilizar, abre una puerta: si se aprende, también se puede desaprender.
Emociones que se digieren (o se atragantan)

Otro punto clave es la relación entre el cerebro y el intestino. El sistema digestivo es especialmente sensible al estrés, la ansiedad y las emociones mantenidas en el tiempo. No es casualidad que muchas personas con intestino irritable pasen por consultas, pruebas y estudios que salen “perfectos”, mientras el malestar sigue ahí.
Endoscopías, colonoscopías, tomografías… todo normal. Y, aun así, el dolor persiste. “Son desórdenes funcionales”, explica el doctor. El problema no siempre está en la estructura, sino en cómo funciona ese eje cerebro-intestino. Por eso insiste en que no basta con mirar el cuerpo por partes. Hay que entender el contexto emocional del paciente, lo que carga, lo que calla y cómo lo gestiona (o no).
En este enfoque integral, la prevención ocupa un lugar central. Y aquí la colonoscopía juega un papel fundamental. A diferencia de la endoscopía, que suele hacerse cuando ya hay síntomas, la colonoscopía es un estudio preventivo. Permite detectar pólipos que no dan señales y eliminarlos antes de que puedan convertirse en algo más serio.









