Mario Redondo lleva más de once años trabajando con personas reales, con cuerpos cansados, con miedo, con preguntas difíciles. Y quizá por eso su mensaje suena tan directo. El ejercicio físico no debería ser un “si te apetece” cuando hay cáncer, ni un consejo amable al final de la consulta. Para él, moverse forma parte del tratamiento. Igual de importante que la quimio o la radioterapia. No para sustituir nada, sino para sumar donde durante demasiado tiempo no se ha mirado: en la salud metabólica del paciente.
Mario no habla desde la teoría. Habla desde la experiencia. Y lo dice claro: si queremos entender el cáncer, tenemos que cambiar la forma en la que lo miramos. “El cáncer es una enfermedad con un alto componente metabólico”, explica. Dicho de forma sencilla: no es solo un problema de células que crecen sin control, es un problema de energía mal gestionada. De cómo las células producen, usan y desperdician esa energía.
El cáncer también es un problema de energía

Aquí aparece uno de los conceptos que más repite, el famoso efecto Warburg. Pero Mario lo traduce a algo muy visual: las células tumorales funcionan con un motor averiado. Sus mitocondrias no trabajan bien y, como resultado, producen grandes cantidades de lactato, incluso cuando hay oxígeno suficiente. Ese entorno ácido es terreno fértil para que el tumor se vuelva más agresivo, más resistente, más difícil de frenar.
Y es justo ahí donde el ejercicio cambia de papel. Deja de ser “haz algo de deporte” y se convierte en una herramienta terapéutica real. Mover el cuerpo de forma adecuada ayuda a que las mitocondrias funcionen mejor, a que el lactato no se acumule y a que las células aprendan otra vez a usar bien la energía. No es épico. Es fisiología. Pero funciona.
Moverse bien, no moverse por moverse

Eso sí, no todo vale. Mario insiste mucho en esto. Caminar está bien, empezar está bien, pero el ejercicio terapéutico necesita estructura. El entrenamiento de fuerza es clave para mantener masa muscular, autonomía y calidad de vida. Especialmente cuando el cuerpo está debilitado por tratamientos agresivos. Pero la fuerza no lo es todo.
El otro gran pilar es el entrenamiento cardiovascular, sobre todo a intensidades moderadas. Es el que ayuda a “limpiar” el lactato y a mejorar la función mitocondrial. Y aquí Mario suele lanzar una realidad incómoda: muchas personas tienen una condición física tan baja que caminar rápido ya es, de por sí, un estímulo potente. No es un juicio. Es un punto de partida.
En cifras, habla de al menos 150 minutos semanales de actividad cardiovascular. Si se puede llegar a 300, mejor. Y siempre acompañado de fuerza. “Si el ejercicio fuera una pastilla”, dice, “todo el mundo la recetaría”. Porque pocas cosas tienen tantos beneficios juntos.
Curar está bien, pero no es suficiente

Quizá la parte más profunda de su mensaje llega cuando habla de mentalidad. No obsesionarse solo con curar, sino con gestionar la salud a largo plazo. Las micro-metástasis pueden quedarse dormidas durante años. Décadas incluso. Y un cuerpo metabólicamente fuerte es una de las mejores defensas que existen.
Por eso insiste en medir la salud real, no solo esperar a que una analítica salga mal. Ver cómo se mueve el cuerpo, cómo responde, cómo rinde. “No te obsesiones en curar”, dice, “obsesiónate en gestionar la enfermedad”. Suena menos heroico, pero es mucho más honesto.









