sábado, 17 enero 2026

Carlos Jaramillo, médico cirujano: “El estrés crónico apaga la digestión porque inhibe la función del nervio vago”

El médico Carlos Jaramillo explica cómo el estrés crónico bloquea el nervio vago, reduce ácido y enzimas digestivas y genera inflamación abdominal persistente, un problema normalizado que exige abordar sistema nervioso, hábitos y descanso integral.

Carlos Jaramillo, médico cirujano y una de las voces más reconocidas de la medicina funcional en habla hispana, advierte sobre un problema que millones de personas han aprendido a normalizar sin cuestionarlo: la inflamación intestinal persistente. Vivir con distensión abdominal, gases o sensación de pesadez no es un rasgo personal ni una condición inevitable. Y, según explica, el estrés cumple un papel decisivo en ese deterioro digestivo silencioso.

En una sociedad marcada por el cansancio crónico, la hiperconectividad y la falta de descanso, Jaramillo propone cambiar el enfoque. No se trata de tapar síntomas, sino de entender por qué el cuerpo deja de digerir bien. La respuesta, sostiene, suele estar lejos del intestino y mucho más cerca del sistema nervioso. Comprender cómo el estrés crónico apaga la digestión puede ser el primer paso para recuperar calidad de vida.

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El estrés crónico y el nervio vago: la conexión que explica la mala digestión

El estrés crónico y el nervio vago: la conexión que explica la mala digestión
Fuente: agencias

En la consulta médica, la escena se repite. Pacientes que aseguran no tener “ningún antecedente relevante”, pero que conviven desde hace años con el abdomen inflamado, gases diarios o estreñimiento. Para Carlos Jaramillo, esa resignación es parte del problema. “Acostumbrarse a vivir mal no debería ser una opción”, insiste.

El punto central está en el estrés sostenido. Cuando el organismo vive en alerta permanente, prioriza funciones básicas de supervivencia y reduce aquellas que considera secundarias. La digestión es una de las primeras en verse afectadas. Este proceso está regulado en gran parte por el nervio vago, una red neuronal que conecta el cerebro con el estómago, el intestino, el hígado y el páncreas.

En estados de calma, el nervio vago estimula la producción de ácido gástrico, enzimas digestivas y movimientos intestinales coordinados. Pero cuando domina el estrés, esa señal se bloquea. El estómago deja de producir el ácido necesario, la digestión se vuelve incompleta y los alimentos fermentan en lugar de procesarse correctamente. El resultado es inflamación, gases y una sensación constante de pesadez.

Paradójicamente, muchas personas interpretan estos síntomas como “exceso de acidez” y recurren durante años a antiácidos. Jaramillo es tajante: un estómago poco ácido no digiere bien. El alivio momentáneo puede esconder un problema mayor, porque la falta de ácido altera la microbiota intestinal y favorece aún más la distensión abdominal.

Por qué la inflamación abdominal no empieza en el intestino

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Otro de los conceptos clave que plantea el médico es que la digestión no comienza en el estómago, sino en la boca. La saliva, la masticación y la microbiota oral cumplen un rol fundamental en la asimilación de nutrientes. Sin embargo, el uso indiscriminado de enjuagues antibacterianos, la costumbre de comer rápido o reemplazar comidas por licuados interrumpe ese primer paso esencial.

A medida que el alimento avanza, cada falla se amplifica. Un estómago con bajo ácido, algo frecuente en personas sometidas a estrés constante o con falta de sueño, no activa correctamente la vesícula ni el páncreas. Las grasas y proteínas quedan mal digeridas, lo que favorece la producción de gases y la inflamación intestinal. Con el tiempo, este entorno facilita desequilibrios en la microbiota y sobrecrecimientos bacterianos que perpetúan el malestar.

El estrés también afecta de forma directa el tránsito intestinal. Al inhibir el nervio vago, se enlentece el movimiento del colon y aparece el estreñimiento. Además, el estrés crónico incrementa la pérdida de magnesio, un mineral clave para la contracción muscular del intestino. Menos magnesio implica menos movimiento intestinal, más fermentación y más gases.

A esto se suman las intolerancias alimentarias. Carlos Jaramillo aclara que no se trata de modas ni de demonizar alimentos, sino de reconocer que cada organismo tiene límites. Algunas personas no toleran bien los lácteos, otras reaccionan al gluten y otras a combinaciones específicas. Ignorar esas señales y forzar el cuerpo solo profundiza la inflamación.

El abordaje, insiste, no es aplicar soluciones genéricas, sino entender la historia individual. El estrés, la calidad del sueño, el uso previo de antibióticos, la alimentación y los hábitos diarios forman un entramado que se expresa en el intestino. Por eso, reducir el estrés no es un complemento opcional, sino una pieza central del tratamiento.


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