Un derrame cerebral puede empezar en silencio, pero en esos primeros minutos se decide mucho más de lo que parece. A veces un ictus no llega como lo imaginamos. No hay sirenas, ni caídas espectaculares, ni escenas de película. A veces llega en silencio. Un mareo raro. Un brazo que pesa más de la cuenta. Una sensación extraña que no sabes explicar del todo, pero que te pone en alerta. Y ahí está la clave: los primeros tres minutos importan más de lo que creemos. De ellos puede depender volver a caminar, a hablar… o algo mucho más básico: seguir aquí.
En esos primeros instantes, mientras la ambulancia aún no ha llegado, no se trata de ser valiente ni de “aguantar un poco”. Tampoco de pensar que “igual se pasa”. El objetivo es uno solo: proteger el cerebro. Y para eso hacen falta tres cosas muy concretas: darse cuenta de lo que está pasando, mantener la calma y seguir un orden sencillo de pasos.
El primer gesto inteligente: sentarse

Ante cualquier señal sospechosa —pérdida de equilibrio, debilidad en un lado del cuerpo, visión borrosa—, la decisión más sensata es sentarse de inmediato. No es rendirse. Es cuidarse.
Una caída durante un ACV puede provocar fracturas graves, sobre todo de cadera o columna, y eso complica muchísimo la recuperación. Además, sentarse reduce el esfuerzo del corazón y elimina la pelea contra la gravedad, dándole al cerebro un pequeño margen para estabilizarse. Intentar mantenerse de pie “por orgullo” puede salir muy caro, aunque cueste aceptarlo.
Tumbarse y elevar las piernas: darle ventaja al cerebro

Una vez sentado y a salvo de una caída, el siguiente paso es tumbarse boca arriba. Esta posición facilita que la sangre llegue al cerebro con menos esfuerzo. En un ictus, cada segundo cuenta… y cada gesto también.
Elevar las piernas unos 30 centímetros ayuda a que la sangre que se acumula en las piernas —algo muy común con la edad— regrese al corazón y, desde ahí, al cerebro. Es un gesto sencillo, casi instintivo, pero muy eficaz. Además, suele generar una sensación inmediata de alivio. En medio del miedo, recuperar un poco de control lo cambia todo.
Respirar despacio para no empeorarlo

El pánico no ayuda. De hecho, empeora las cosas. Cuando nos asustamos, respiramos rápido y superficialmente, y eso hace que los vasos del cerebro se contraigan aún más. Justo lo contrario de lo que necesitamos.Por eso se recomienda un patrón muy simple, fácil de recordar incluso en una situación tensa: 4-2-6. Inhalar por la nariz durante cuatro segundos, mantener el aire dos y exhalar lentamente durante seis. Esa exhalación larga le dice al cuerpo que puede aflojar. Y cuando el cuerpo afloja, los vasos se relajan y el oxígeno llega mejor a las zonas afectadas.
No es una técnica “alternativa” ni algo esotérico. Es fisiología pura. Y funciona.
La hora importa más de lo que imaginas
En un ACV, el tiempo no es una expresión bonita. Es un dato médico. Algunos tratamientos solo pueden aplicarse si se actúa dentro de una ventana muy concreta, normalmente de hasta cuatro horas y media desde que empiezan los síntomas.
Por eso es tan importante decir en voz alta o anotar la hora exacta del inicio. Durante un ictus es habitual la confusión, y ese dato puede perderse. Tenerlo claro puede marcar la diferencia entre recibir o no un tratamiento que salve tejido cerebral.









