El café está tan integrado en nuestra rutina que casi no lo cuestionamos. Su aroma por la mañana, la pausa a media mañana, la charla con una taza en la mano. Energía, foco, productividad… o eso creemos. Cada vez más voces advierten de que, consumido en automático y sin criterio, el café puede estar pasando factura al sistema nervioso, al descanso y hasta a cómo aprovechamos los nutrientes. Y lo hace en silencio, sin avisar.
Lejos de “darnos energía”, el café disfraza el cansancio. La cafeína no recarga baterías; bloquea los sensores que le dicen al cerebro que el cuerpo necesita parar. Es como tapar el testigo del combustible en el coche: sigues conduciendo, pero el depósito no se llena solo. El cansancio sigue ahí, solo que dejamos de escucharlo. El cuerpo avanza forzado, no revitalizado. Y eso, tarde o temprano, se nota.
Energía prestada y dependencia que no se ve

Uno de los hábitos más extendidos es el café nada más abrir los ojos. El problema es que el cuerpo ya tiene su propio “despertador”: un pico natural de cortisol que nos activa de forma fisiológica. Cuando metemos cafeína en ese momento, sustituimos ese mecanismo. Con el tiempo, el organismo aprende a producir menos cortisol por sí solo. Resultado: dependencia. Cada mañana hace falta café para sentirse “normal”.
A esto se suma la tolerancia. La primera taza deja de bastar; luego vienen la segunda, la tercera… mientras el sistema nervioso permanece en alerta permanente, ignorando las peticiones reales de descanso. Nerviosismo, irritabilidad, mente dispersa y noches inquietas aparecen sin que siempre los relacionemos con la cafeína. ¿Te suena esa sensación de ir “acelerado” incluso cuando no toca? A mí sí. Y no siempre fue estrés.
Lo que el café le roba a tu plato

Más allá de los nervios, hay un efecto poco comentado: el café interfiere con la absorción de minerales. Consumido junto a las comidas, puede bloquear gran parte del hierro y el calcio. Esto es especialmente delicado en dietas vegetales, donde el hierro de origen vegetal es más vulnerable. Un café justo después de comer puede convertir una buena comida en una oportunidad perdida.
A largo plazo, ese hábito se traduce en cansancio persistente, huesos más frágiles o defensas bajas. Y hay otro detalle que solemos pasar por alto: el recipiente importa. Cápsulas de aluminio y vasos de plástico, al calentarse, liberan sustancias que terminan en la bebida. Un gesto cotidiano se convierte así en una pequeña dosis de tóxicos (sin darnos cuenta).
Calidad, timing y pequeños ajustes que suman

No todo es igual. Mejor ecológico, sin pesticidas, y no torrefacto, que lleva azúcar quemado añadido. Tomarlo solo suele ser lo más digestivo hoy en día, porque la calidad de los lácteos es muy variable. Y luego está el cuándo.
Esperar al menos una hora tras despertar respeta el pico natural de cortisol. Tras las comidas, dejar pasar una hora y media o dos ayuda a no sabotear la absorción de hierro y calcio. Y quizá la regla más difícil: cortar después del mediodía. La cafeína puede tardar hasta nueve horas en desaparecer del cuerpo.
Revisar el ritual, no demonizarlo
El café no es un villano, pero tampoco es inocuo. Ajustar el ritual —calidad, horario, cantidad y recipiente— puede mejorar el descanso, calmar el sistema nervioso y hacer que la nutrición rinda más. A veces no necesitamos sumar estímulos, sino escuchar lo que el cuerpo lleva rato pidiendo. Y sí, quizá ese primer gesto del día no sea encender la cafetera, sino beber agua y dar unos minutos al organismo para arrancar por sí solo.









