Para Jorge Rodríguez, referente en rendimiento humano y bienestar integral, la longevidad no se mide solo en años. Se mide en cómo los vives. “Vivir más no sirve de nada si no vivimos mejor”, repite. Y cuando lo escuchas, algo encaja. Porque su mirada rompe con la idea de que la salud es solo un asunto del cuerpo: para él, el bienestar es una alianza entre mente, cuerpo y espíritu. Cuidar los músculos y olvidarse de lo que pasa por dentro es, en sus palabras, “como mejorar la mecánica de un vehículo que nunca va a salir del garaje”.
Desde su experiencia como Chief of Human Performance en Invictus, defiende que necesitamos una mirada completa para prosperar en un mundo cada vez más exigente. La longevidad, explica, es también una oportunidad: acumular experiencia para decidir mejor, vivir con más consciencia y elegir con claridad en qué merece la pena gastar nuestra energía. No es poca cosa, ¿verdad?
Cuando nuestra biología choca con la vida moderna

Rodríguez habla de una incompatibilidad creciente entre cómo estamos diseñados y el ritmo digital en el que vivimos. Y no lo dice desde el dramatismo, sino desde la observación diaria. Esa desconexión, lejos de ser una molestia pasajera, está detrás de uno de los grandes males de nuestro tiempo: el burnout. “Vivimos en un viaje constante al futuro”, explica, anticipando todo lo que puede salir mal. Y así, sin darnos cuenta, nos ausentamos del presente. El cuerpo sigue, pero la mente corre por delante… hasta que se agota.
Las previsiones no son alentadoras. Hacia 2030, las amenazas más serias para la salud no serán solo físicas, sino enfermedades de la mente y del cerebro: depresión, ansiedad, procesos neurodegenerativos. A esto se suma la adicción digital. Esa búsqueda incesante de estímulos y dopamina a través del móvil nos roba tiempo activo y, lo que es más delicado, la capacidad de estar con nosotros mismos. A mí, si te soy sincero, me pasa a veces: paro un momento… y lo primero que hago es mirar la pantalla.
Tecnología con sentido: biohacking para volver al equilibrio

Frente a este panorama, Rodríguez no propone huir de la tecnología, sino aprender a usarla a favor de nuestra salud. No para desconectarnos más, sino para recuperar lo que la vida moderna nos ha quitado. Ahí entra el biohacking: herramientas que, bien aplicadas, ayudan a recalibrar el sistema nervioso y a devolvernos el equilibrio.
Habla, por ejemplo, de los contrastes de temperatura. El calor del sauna y el frío de los baños de hielo no solo fortalecen el sistema inmune; también entrenan la mente al enfrentarse a la propia vulnerabilidad. El calor extremo activa proteínas que “reparan” células dañadas por el estrés, mientras que el frío enseña a habitar la incomodidad con propósito. No es masoquismo: es aprendizaje corporal.
Otras tecnologías, como la luz infrarroja, ayudan a inducir relajación y a mejorar el sueño (a bajar “las revoluciones” después de un día intenso). Y herramientas de privación sensorial, como los tanques de flotación, ofrecen una desconexión profunda —casi primitiva— que facilita el reencuentro mental. Rodríguez lo compara con esa calma original del vientre materno. Suena poético… pero quienes lo prueban suelen asentir.
Pequeños hábitos, grandes cambios

Eso sí, Rodríguez insiste en algo que a veces olvidamos: la transformación real no nace de gestos heroicos, sino del efecto acumulado de los hábitos pequeños. Cambios mínimos, sostenidos en el tiempo, generan resultados enormes. “Caminar cinco minutos al día puede parecer insignificante”, dice, “pero su impacto mental es enorme si se mantiene: le enseña al cerebro a crear un nuevo hábito”.
Aquí introduce una distinción que me parece clave: motivación frente a disciplina. La motivación va y viene. La disciplina, en cambio, te mueve incluso cuando no apetece. Y ese movimiento repetido, casi silencioso, es el que acaba produciendo cambios reales en la biología.









