La sociedad contemporánea nunca había tenido tanto acceso a alimentos, tecnología y seguridad. Y, sin embargo, nunca había mostrado tanta fragilidad física y metabólica. Esa paradoja es el punto de partida del análisis de Sergi Cinca, doctor en Biomedicina y especialista en fisiología humana, que advierte: la comodidad constante nos está enfermando.
Desde una mirada que integra antropología, biología y fisiología, Cinca plantea una pregunta incómoda pero urgente para la sociedad actual: ¿por qué una especie diseñada para la adaptación muestra hoy diferencias tan extremas de rendimiento, salud y autonomía? La respuesta, sostiene, no está en la genética, sino en los hábitos.
Una especie adaptada a la escasez, atrapada en la abundancia
Durante más del 95% de su historia evolutiva, el ser humano vivió en contextos de escasez, movimiento y exposición ambiental. No comía cinco veces al día, no regulaba la temperatura con un termostato y no evitaba el esfuerzo. Esa realidad moldeó una fisiología preparada para la incertidumbre, no para la comodidad permanente que hoy define a la sociedad moderna.
“Estamos mejor adaptados a la falta que al exceso”, explica Cinca. Desde el punto de vista biológico, el organismo humano dispone de múltiples mecanismos para responder al ayuno, al frío, al calor o a la falta de recursos, pero muy pocos para gestionar la sobreabundancia constante. El resultado es una inflamación sistémica de bajo grado que se ha normalizado en la sociedad actual.
Esa inflamación no siempre se manifiesta como enfermedad diagnosticada. Aparece como cansancio crónico, dolores persistentes, baja tolerancia al estrés o pérdida temprana de autonomía. “No es normal que existan diferencias tan extremas dentro de la misma especie”, señala. En la naturaleza, apenas hay distancia entre el animal más rápido y el más lento. En la sociedad humana, en cambio, conviven personas capaces de correr una maratón en menos de dos horas con otras que no pueden caminar diez minutos sin fatiga.
El sedentarismo: el gran enemigo silencioso de la sociedad moderna

Entre todos los factores que deterioran la salud en la sociedad actual, el sedentarismo ocupa un lugar central. No se trata solo de no entrenar, sino de no moverse a lo largo del día. Incluso quienes hacen ejercicio pueden caer en lo que Cinca denomina “sedentarismo activo”: una hora de gimnasio no compensa veintitrés horas sentados.
Desde la fisiología, el ejercicio físico es el estímulo hormético más potente que existe. Activa miles de genes, regula el metabolismo, mejora la función mitocondrial y reduce la inflamación. Pero no cualquier ejercicio ni en cualquier contexto. “La fuerza, por ejemplo, no es solo músculo: es un fenómeno neurológico”, aclara. Entrenar fuerza no significa hipertrofia extrema, sino capacidad de reclutar fibras de forma eficiente, algo que ya ocurría de manera natural en los entornos ancestrales.
La sociedad moderna, sin embargo, ha separado el movimiento de la vida cotidiana. Antes, la actividad física era inevitable; hoy es opcional y, muchas veces, mal aplicada. A esto se suma un entorno que promueve comer sin hambre, beber sin sed y evitar cualquier incomodidad, desconectando al cuerpo de sus señales biológicas básicas.
Cinca insiste en que no existen herramientas malas en sí mismas —ayuno, frío, calor, ejercicio intenso—, sino malos contextos de aplicación. “Un estímulo puede mejorar o destruir, según cuándo, cómo y en quién se aplique”. Por eso, copiar protocolos sin atender al estado fisiológico individual es uno de los grandes errores de la sociedad del bienestar rápido.
Hábitos simples para recuperar salud y autonomía

Frente a este escenario, el mensaje de Cinca no es extremista, sino pragmático. Para una persona común dentro de la sociedad actual, mejorar la calidad de vida no requiere hazañas, sino coherencia diaria. Entre los pilares fundamentales, destaca:
- Movimiento frecuente a lo largo del día, más allá del entrenamiento formal.
- Exposición razonable al sol y respeto por los ritmos circadianos.
- Alimentación basada en comida real, evitando ultraprocesados y azúcares simples.
- Reducción del estrés crónico, atacando la causa y no solo el síntoma.
- Recuperar la capacidad de tolerar incomodidad, clave para la resiliencia biológica.
“La salud no es ausencia de enfermedad”, resume Sergi Cinca. “Es la capacidad de responder eficientemente a los estímulos de la vida con el menor coste biológico posible”. En una sociedad que ha convertido la comodidad en norma, recuperar esa capacidad es, quizá, el mayor desafío del siglo XXI.
La paradoja final es contundente: la abundancia ha alargado la esperanza de vida, pero solo un cambio profundo de hábitos permitirá que la sociedad transforme esos años extra en vida con calidad, autonomía y sentido.









