viernes, 16 enero 2026

Iñaki Piñuel (61), psicólogo: “El narcisista no se cree superior: se siente inferior y lo compensa humillando a los demás”

- Por qué el narcisismo no es exceso de ego, sino una herida que se esconde detrás de la máscara.

El narcisista no se siente grande: se siente pequeño y se defiende atacando. El Dr. Iñaki Piñuel no habla del narcisismo como solemos imaginarlo. No lo pinta como una confianza exagerada ni como una personalidad “fuerte”. Al contrario. Para él, el narcisismo es una herida psicológica profunda, un modo de supervivencia emocional que se ve, además, reforzado por una sociedad que aplaude el individualismo, la competitividad y el “sálvese quien pueda”.
“No estamos ante personas seguras de sí mismas”, insiste. Estamos ante identidades frágiles, dependientes del aplauso ajeno. Y cuando uno lo escucha, cuesta no pensar en cuántas veces hemos confundido ruido con fortaleza.

La máscara: seguridad por fuera, fragilidad por dentro

narcisista
Detrás de la seguridad aparente suele esconderse una herida profunda. Fuente:canva

Piñuel explica que el narcisista vive detrás de una máscara cuidadosamente construida. Una fachada de genialidad, de originalidad, de superioridad. No es casual: esa imagen busca privilegios, excepciones, un lugar por encima de las normas. No quiere ser uno más. Quiere ser intocable.

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Pero si levantáramos el telón, dice, encontraríamos algo muy distinto. “Si pudiéramos asomarnos a su vivencia interna, veríamos a un ser humano pequeñito, atenazado por sentimientos de inadecuación”. Esa frase se queda resonando. Porque lo que hay debajo no es arrogancia, es miedo. Miedo a ser descubierto como un “fraude”, como alguien que no vale lo suficiente.

Ese temor obliga a vivir en guardia permanente. La imagen pública se convierte en un campo de batalla. Una crítica, una duda, una pérdida de estatus… y todo se siente como una amenaza. No hay descanso, porque la identidad depende de sostener la apariencia. Como una casa construida sobre cartón: hay que vigilar cada soplo de viento.

La envidia: cuando el mundo se vuelve enemigo

El narcisista no se cree superior2 Merca2.es
Cuando alguien brilla, el narcisismo lo vive como una amenaza. Fuente:canva

En el centro del narcisismo aparece la envidia. No una envidia puntual, sino una mirada permanente al otro como amenaza. Si alguien brilla, si alguien muestra alegría, talento o reconocimiento, el narcisista no lo vive como inspiración. Lo vive como peligro.
“Lo propio del narcisismo es sentir que los demás son el enemigo”, explica Piñuel. Y entonces surge una lógica dura: quien destaca debe ser rebajado. Con ironías, con críticas venenosas, con rumores o campañas de descrédito. Todo sirve para apagar esa luz que, sin querer, deja al descubierto la propia fragilidad.

Esto se ve con especial crudeza en dos escenarios cotidianos: el trabajo y la pareja.

El narcisista no se cree superior1 Merca2.es
El control emocional reemplaza al afecto en las relaciones narcisistas. Fuente:canva

En el ámbito laboral, Piñuel observa que muchos perfiles narcisistas no ascienden por talento, sino por maniobras políticas. Y una vez arriba, en lugar de rodearse de gente brillante, hacen justo lo contrario: intentan apagar cualquier destello ajeno que pueda revelar su mediocridad. El resultado es un clima tóxico, una “mediocridad ambiental” que acaba empobreciendo a toda la organización.

En la pareja, lo que Piñuel llama “amor cero”, el otro deja de ser un compañero y se convierte en espejo. “El narcisista utiliza a los demás como un auditorio donde confirmarse la mentira que se ha contado”. Mientras hay admiración, todo parece funcionar. Cuando esa admiración se agota o aparece la disidencia, llega la hostilidad: desprecio, manipulación, maltrato, ruptura. Su supervivencia emocional depende de ese suministro constante de atención.

No es autoestima: es un vacío que pide aplauso

Uno de los puntos más importantes que subraya Piñuel es este: el narcisismo no es “demasiada autoestima”. Es justo lo contrario. Es una conducta compensatoria, un disfraz. “No es un excedente de autoestima… esa arrogancia externa es un fake”.
El origen, dice, suele estar en la llamada “familia cero”: entornos donde padres tóxicos o narcisistas impidieron que el niño construyera una base sana de valoración personal. El adulto resultante necesita entonces bombear reconocimiento desde fuera: dinero, poder, belleza, estatus, aplausos. Sin eso, se desmorona.

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