No existe en toda la geografía española una construcción que desafíe tanto al vértigo y a la gravedad como esta peculiar ermita colgada sobre el vacío. Soria, esa capital tantas veces olvidada por los focos mediáticos, guarda aquí un secreto tallado en la roca que en los meses de invierno cobra una dimensión espectral. Lejos de las aglomeraciones veraniegas, enero le sienta a este paraje como un guante de seda, otorgándole una atmósfera de recogimiento que te hiela los huesos y te calienta el alma a partes iguales.
Llegar hasta aquí no es solo hacer turismo, es aceptar el desafío de caminar junto a un río Duero que baja cargado de plomo y niebla. Lo curioso es que, aunque el viento del Moncayo corte la cara, la belleza del entorno mitiga el frío y te obliga a seguir avanzando por el paseo de los álamos. Es un escenario que parece sacado de una novela gótica, donde la naturaleza y la mano del hombre han firmado un pacto de no agresión que lleva siglos fascinando a poetas, místicos y viajeros solitarios.
Ermita: El paseo de los álamos y la soledad del invierno
El recorrido comienza mucho antes de pisar el templo, en esa senda fluvial que Antonio Machado inmortalizó y que hoy sigue conservando un aire melancólico irresistible. Resulta evidente que caminar por aquí en enero tiene otro sabor, uno más auténtico y menos adulterado por el ruido de los palos selfi y las excursiones organizadas. Los chopos desnudos, retorcidos como espectros hacia el cielo gris, flanquean el camino marcando una ruta que parece conducir directamente al corazón de la tierra.
No hay prisa en Soria, y mucho menos cuando uno se enfrenta a la majestuosidad de un paisaje que te exige bajar las revoluciones y apagar el teléfono móvil. Y es que, sorprendentemente, el silencio se convierte en un compañero de viaje tan tangible como la propia piedra que pisas. A medida que te acercas a la cueva, el rumor del agua se intensifica, advirtiéndote de que estás a punto de entrar en un territorio donde las leyes de la arquitectura convencional dejaron de tener validez hace mucho tiempo.
Una construcción imposible que nace de la cueva
Lo que realmente deja sin aliento al visitante no es solo la fachada barroca, sino descubrir cómo el edificio ha parasitado la montaña hasta fundirse con ella. Es fascinante comprobar cómo la estructura aprovecha las grietas naturales para crear estancias que parecen más propias de un nido de águilas que de un lugar de culto.
Cada sala es un desafío a la lógica, desde la sala del Cabildo hasta la propia vivienda del santero, que debía tener unos nervios de acero para dormir allí. No deja de asombrar que la vida cotidiana transcurriera en este precipicio con total normalidad, como si vivir colgado sobre un río caudaloso fuera lo más natural del mundo.
¿Por qué le llaman el lugar del misterio y el cementerio?
La etiqueta de «misterioso» no es un reclamo de marketing barato, sino una realidad palpable que se respira en cuanto pones un pie en la sala de los herreños. La tradición cuenta que el anacoreta Saturio vivió aquí en el siglo VI, mucho antes de que se levantaran los muros actuales, y esa energía primitiva sigue impregnando cada rincón oscuro.
El punto álgido de esta tensión mística se encuentra en la capilla, donde los frescos narran la vida del santo y el ambiente se carga de una solemnidad casi opresiva. Y sí, aunque pueda sonar macabro, la presencia de la tumba del santo y la iconografía funeraria recuerdan que este lugar es, en esencia, un cementerio privilegiado excavado en la roca viva. Es ese contraste entre la belleza del arte y la crudeza de la muerte lo que te deja un nudo en el estómago difícil de deshacer.
Enero: el mes donde Soria no perdona ni olvida
Visitar San Saturio en verano es agradable, pero hacerlo en enero es una declaración de intenciones y una prueba de carácter para el viajero curtido. La realidad es que la bruma matinal envuelve la ermita dándole un aspecto fantasmagórico que ninguna cámara fotográfica es capaz de captar con justicia.
No esperes encontrar tiendas de souvenirs abiertas ni terrazas soleadas donde tomar un aperitivo al salir de la visita. Aquí se viene a sentir, y lo cierto es que la experiencia gana enteros con la soledad que regalan las bajas temperaturas y los días cortos. Al final, salir de la cueva y recibir de nuevo el bofetón del viento helado en la cara te hace sentir extrañamente vivo, como si el viejo ermitaño te hubiera concedido su bendición particular.









