Gabriel Rolón, psicólogo, psicoanalista y uno de los divulgadores de la salud mental más influyentes del ámbito hispanohablante, lleva años poniendo palabras a procesos internos que muchas personas atraviesan en silencio. Hoy, en un contexto marcado por el agotamiento emocional y la sobreexigencia, su reflexión sobre la culpa vuelve a ganar centralidad.
“Cuando la culpa deja de ser brújula y el miedo deja de mandar, comienza una revolución silenciosa”, resume Rolón en una idea que conecta con una experiencia cada vez más común: el momento en que algo deja de encajar y el cuerpo, antes que la razón, empieza a advertirlo.
El cansancio invisible que anuncia un cambio profundo
No siempre hay una crisis evidente que empuje a cambiar. Muchas veces el proceso comienza con un desgaste sutil: vínculos que ya no nutren, hábitos que vacían, decisiones que se sostienen más por culpa que por deseo. Según explica Gabriel Rolón, ese malestar no es un error del sistema, sino una señal. El problema aparece cuando se lo anestesia con justificaciones, postergaciones o silencios prolongados.
En consulta, el psicólogo observa con frecuencia personas atrapadas en una vida que ya no sienten propia, pero que continúan sosteniendo por miedo a decepcionar. Allí la culpa funciona como una brújula distorsionada: indica permanecer, aguantar, cumplir, incluso cuando el costo emocional es alto. El cuerpo, en cambio, suele ser más honesto. Fatiga persistente, nudos en la garganta o una sensación de vacío son indicadores de que algo dejó de alinearse.
Romper con esa inercia no implica grandes gestos. El cambio auténtico, señala Rolón, rara vez hace ruido. Suele expresarse en retiradas serenas, en límites que no se explican, en decisiones íntimas que priorizan la coherencia interna por sobre la aprobación externa. Cuando la culpa deja de dirigir cada paso, se abre un espacio nuevo: el de la responsabilidad personal.
Dejar de vivir desde la culpa para empezar a habitar el presente

Uno de los ejes centrales del pensamiento de Gabriel Rolón es la postergación. Aplazar conversaciones, elecciones o cierres necesarios suele disfrazarse de prudencia, pero en el fondo responde al miedo. Cada “más adelante” sostenido por culpa tiene un costo: la vida queda suspendida. No decidir también es decidir, y ninguna decisión no tomada es neutral.
El pasado, advierte el psicoanalista, tampoco desaparece por decreto. Cuando no se revisa, se filtra en el presente en forma de reacciones desmedidas, control excesivo o relaciones dependientes. Cargar culpas que no corresponden mantiene viva una herida que ya debería haber cicatrizado. Sanar no es olvidar, sino integrar: poder decir “esto ocurrió, me marcó, pero ya no me define”. Esa frase implica un cambio de lugar interno y una liberación progresiva de la culpa.
Algo similar ocurre en los vínculos. Rolón distingue con claridad el amor del miedo a la soledad. Muchas relaciones se sostienen más por dependencia que por encuentro genuino. Allí la culpa opera como mecanismo de retención: callar para no incomodar, ceder para no perder. Sin embargo, el amor maduro no exige achicarse ni vivir en alerta. Cuando cuidarse implica traicionarse, el vínculo deja de ser refugio y se convierte en jaula.
Liberarse de la culpa no significa volverse indiferente ni egoísta. Significa asumir que la paz interior no se negocia. Elegirse puede generar incomodidad externa, pero también devuelve algo esencial: la sensación de estar habitando la propia vida. Para Rolón, la verdadera serenidad no proviene de controlar el futuro ni de cumplir expectativas ajenas, sino de reconciliarse con el presente.









