España vuelve a ocupar el centro del debate europeo sobre droga, consumo y salud pública. Antón Gómez-Escolar, psicofarmacólogo y divulgador especializado en adicciones, advierte que el enfoque tradicional contra la cocaína sigue fallando. El problema no es solo cuánto se consume, sino cómo se comunica el riesgo y a quién se deja fuera del sistema sanitario.
En un contexto de alto consumo de droga, especialmente cocaína, y de revisión de las políticas preventivas, Gómez-Escolar plantea una pregunta interesante: ¿sirve asustar para prevenir o solo para ocultar el problema bajo la alfombra?
España, consumo elevado y una ruta clave de la droga en Europa

España no solo es uno de los países europeos con mayor consumo de cocaína, sino también una de las principales puertas de entrada y tránsito de droga hacia el resto del continente. A ese doble rol —consumidor y corredor logístico— se suman otras sustancias con fuerte presencia, como el hachís y los derivados del cannabis.
Ese contexto convierte al país en un laboratorio social complejo. Según Gómez-Escolar, “cuando se habla de droga en España, muchas veces se omite que no todo lo que circula se queda aquí. Eso distorsiona la percepción del problema y dificulta una respuesta sanitaria integral”.
Durante décadas, la respuesta institucional estuvo marcada por campañas de alto impacto emocional. Imágenes duras, mensajes alarmistas y un relato centrado exclusivamente en la destrucción personal. El ejemplo más recordado es el famoso anuncio del “gusano” entrando por la nariz, una pieza que marcó a toda una generación.
“El objetivo era claro: generar miedo”, explica el especialista. “El problema es que el miedo no siempre conduce a decisiones saludables. A veces conduce al silencio”. Desde la salud pública, ese silencio tiene consecuencias: menos consultas médicas, menos pedidos de ayuda y más consumo oculto de droga, lejos de cualquier red de contención.
Cuando el miedo estigmatiza y la droga se vuelve invisible
La cocaína es, sin discusión, una droga peligrosa. Es un estimulante potente, altamente adictivo y con una toxicidad cardiovascular significativa. Produce vasoconstricción, altera la conducción eléctrica del corazón y puede desencadenar arritmias, infartos o accidentes cerebrovasculares incluso en personas jóvenes.
Sin embargo, Antón Gómez-Escolar subraya un matiz clave: “El daño existe, pero cuando solo se comunica desde el terror, el efecto puede ser el contrario al deseado”. Las campañas basadas exclusivamente en el miedo suelen generar tres efectos no buscados:
- Estigmatización del consumidor, que pasa a ser visto como irresponsable o irrecuperable.
- Invisibilización del consumo de droga, que se esconde por vergüenza o temor.
- Alejamiento de los servicios de salud, justo cuando más se los necesita.
Además, muchas de estas campañas carecen de evaluación posterior. No se mide si reducen el consumo de droga, si disminuyen los daños o si modifican conductas. “En muchos casos responden más a una lógica política que sanitaria”, señala el psicofarmacólogo.
Mientras tanto, persiste una falsa percepción social: la idea de que la cocaína es menos peligrosa que otras drogas “duras”, como la heroína o el fentanilo. Esa comparación resulta engañosa. Aunque las sobredosis sean menos frecuentes, las muertes por eventos cardiovasculares asociados al consumo de droga existen y están documentadas.
La trampa de la “droga funcional”

Uno de los puntos más inquietantes del análisis de Gómez-Escolar es el carácter “funcional” de la cocaína. A diferencia de otras sustancias, esta droga no solo se consume en contextos de ocio, sino también como herramienta para rendir más, concentrarse o sostener jornadas laborales exigentes.
“Al principio parece que funciona”, explica. “La persona se siente más activa, más enfocada. El problema es que esa utilidad percibida rompe la barrera del consumo ocasional”.
Ahí se produce el salto más peligroso: de la fiesta al día a día. De lo excepcional a lo cotidiano. Y con ello, el riesgo de dependencia. Otras sustancias recreativas, como la MDMA, carecen de esa utilidad práctica, lo que reduce la probabilidad de un consumo regular. La cocaína, en cambio, se integra con facilidad en rutinas exigentes.









