Hay derrotas que son accidentes y derrotas que son radiografías. La eliminación del Real Madrid en la Copa del Rey ante el Albacete (3-2), equipo de Segunda División, en el debut de Álvaro Arbeloa como entrenador del primer equipo, pertenece claramente al segundo grupo.
No fue mala suerte, ni un mal día, ni una jugada aislada: es un compendio de decisiones pésimas, de principio a fin. Y, sin embargo, el relato posterior intentó desplazar la responsabilidad hacia otro lado, concretamente hacia Xabi Alonso.
Ahí es donde aparece el hilo invisible que une a Arbeloa con José Félix Díaz y Josep Pedrerol. Arbeloa hizo el ridículo. Conviene decirlo sin rodeos. La pésima convocatoria, la pésima alineación, el pésimo planteamiento, los pésimos cambios, las pésimas órdenes desde el banquillo y, para rematar, una pésima rueda de prensa que fue casi un ejercicio de autoindulgencia.
Todo fue pésimo. Y cuando todo es pésimo, la responsabilidad no se puede diluir ni maquillar. Especialmente grave fue su gestión de la cantera. En lugar de apostar con naturalidad por canteranos preparados, Arbeloa pareció hacer oposición activa a jugadores como Cestero, utilizados de manera populista, sin contexto, casi como coartada.
Ni confianza ni plan. Un uso torpe de la cantera que terminó perjudicando tanto a los futbolistas como al equipo. Pero lo más llamativo llegó después. Lejos de asumir responsabilidades, Arbeloa reivindicó su convocatoria y su trabajo con un tono casi desafiante. Y, en un giro tan sorprendente como lamentable, deslizó que parte del problema venía de la herencia recibida, apuntando a Xabi Alonso y a la supuesta falta de forma del equipo.
Ahí quedó claro que Arbeloa no es el lápiz más afilado del estuche, quizá sí el más pelota. Culpar al entrenador anterior tras un partido que fue un catálogo de errores propios es, como mínimo, una muestra de desconexión con la realidad.
Conviene recordar algo fundamental: sin la bendición de Florentino Pérez, Álvaro Arbeloa nunca habría sido entrenador del primer equipo del Real Madrid, y probablemente ni siquiera del Castilla. Su ascenso no se explica por méritos incuestionables, sino por una cadena de favores, confianza personal y relato interno.
Eso no invalida su derecho a entrenar, pero sí obliga a exigirle un plus de autocrítica que, sencillamente, no tuvo. Y cuando el castillo empezaba a tambalearse, llegaron los bomberos mediáticos.
PEDREROL Y DÍAZ
Al rescate de Arbeloa salieron Josep Pedrerol y José Félix Díaz. No es casualidad. Ambos comparten con él más de lo que parece. Pedrerol, sin esa misma bendición de Florentino, nunca habría sido la gran estrella de Atresmedia ni el director de opinión que hoy marca agenda en el fútbol español desde platós convertidos en tribunales. Su defensa del relato oficial del madridismo institucional es constante, automática y, muchas veces, acrítica.

José Félix Díaz representa otra derivada del mismo fenómeno. Director de As en una etapa radicalmente distinta a la que durante 30 años lideró Alfredo Relaño, símbolo de un periodismo de calidad, crítico y abiertamente antiflorentinista. Con Díaz, el periódico ha virado hasta convertirse en un altavoz del palco.
De nuevo, sin la bendición de Florentino, difícilmente habría alcanzado ese puesto ni lo habría mantenido. Y es aquí donde todo encaja. Arbeloa, Pedrerol y José Félix Díaz están unidos por un mismo ecosistema: el del florentinismo mediático, donde los errores se relativizan, las culpas se redistribuyen hacia abajo o hacia atrás, y la crítica real se considera una traición.
Un sistema que también ha sostenido proyectos fallidos como una Superliga que no arranca, un Bernabéu reconvertido en sala de conciertos fracasada, un parking fracasado y, ahora mismo, un equipo que hace el ridículo en estadios que tienen dificultades para seguir en segunda división.








