Creer que algo es sano no siempre significa que esté ayudando a tu cuerpo. Óscar no empezó su historia en una consulta elegante ni rodeado de libros de nutrición. Empezó frente al espejo. Un día cualquiera, mirándose sin muchas ganas. Pesaba más de 100 kilos, vivía cansado, con la cara hinchada y esa sensación rara de estar siempre a medio gas. “No estaba enfermo… pero tampoco estaba bien”, dice. Y esa frase, tan simple, lo resume todo.

Decidió moverse. Literalmente. Empezó a hacer ejercicio, a quitar de su día a día los ultraprocesados y, sobre todo, a escuchar su cuerpo (algo que suena fácil hasta que lo intentas de verdad). En un año perdió 30 kilos. Pero lo que más valora no fue la báscula. Fue volver a sentirse vivo. Recuperar la energía fue como abrir una ventana en una habitación cerrada durante años.
Esa experiencia lo llevó a formarse como nutricionista. Hoy acompaña a personas que quieren cambiar sin castigos ni soluciones milagro. Su idea es clara: la salud no se construye a base de prohibiciones, sino de comprensión. Y sí, también de paciencia.
La inflamación que no duele… pero pasa factura

Hay algo que le preocupa especialmente: la llamada “inflamación silenciosa”. No es una herida que escuece ni una infección que te manda a la cama. Es otra cosa. Más sutil. Más traicionera. Se instala poco a poco, sin hacer ruido, y va preparando el terreno para problemas serios como enfermedades cardiovasculares o diabetes tipo 2. “El verdadero peligro”, dice, “es que la hemos normalizado”.
¿Cómo se nota? En cosas que muchos ya damos por hechas: cansancio constante, dormir mal, digestiones pesadas, problemas para ir al baño, hinchazón… ¿De verdad es normal sentirse así todos los días? Óscar lo tiene claro: no.

Y aquí entra otro de sus grandes caballos de batalla: los mitos de los “alimentos saludables”. Los productos “0%” suelen ser una trampa: si no llevan grasa, van cargados de azúcar; si no tienen azúcar, compensan con grasa. El queso, tan querido en muchas mesas, puede llegar al 70% de grasa. El jamón, por su alto contenido en sal, puede cubrir en 100 gramos toda la cantidad diaria recomendada. Los zumos naturales, al perder la fibra, se convierten en “agua con azúcar” de varias frutas concentradas en un solo vaso. Incluso los frutos secos o el aguacate, sanísimos, necesitan control. No es que sean malos. Es que no todo lo bueno es inocente.

Carbohidratos, cenas y la cabeza que también come
Óscar no demoniza los carbohidratos. De hecho, lo dice sin rodeos: “El pan no es malo. Lo malo es pasarse”. Cuando ocupa demasiado espacio en el plato, desplaza a alimentos más nutritivos como legumbres, pescado o verduras. Mejor integral, mejor de centeno, y siempre ajustando cantidades al nivel de actividad. Para él, la base es sencilla: primero proteína, luego grasas de calidad y, por último, el carbohidrato, que es lo más flexible.
Pero no todo es comida. La mente también entra en juego. Habla del “agotamiento del ego”: a lo largo del día gastamos energía tomando decisiones y, cuando llega la noche, el cerebro pide recompensas fáciles. Pizza, hamburguesa, algo dulce, una copa… lo que sea rápido y cómodo. ¿Te suena? A mí también. Por eso recomienda cenar al menos dos horas antes de dormir y aprender a diferenciar el hambre real del hábito automático que busca placer con el mínimo esfuerzo.









