Bitcoin, con su última subida, vuelve a ocupar el centro del debate económico global. En un contexto de inflación persistente, desconfianza en las monedas fiduciarias y transformación del sistema financiero, Sergi Andrés, abogado especializado en activos digitales, plantea una mirada clara y pedagógica sobre qué es realmente Bitcoin, por qué nació y qué lo diferencia de otras criptomonedas.
Lejos del ruido especulativo que suele envolver a las criptomonedas, su análisis apunta a una cuestión de fondo: Bitcoin no es solo un activo financiero, sino una infraestructura que propone una nueva forma de entender el dinero, la soberanía monetaria y la transferencia de valor en la era digital.
Bitcoin: un activo digital y una red que cambió las reglas del dinero

Para comprender Bitcoin, Andrés propone una distinción clave que suele pasarse por alto. Por un lado, bitcoin con “b” minúscula: el activo digital que se compra, se vende y se almacena. Por otro, Bitcoin con “B” mayúscula: la red descentralizada que lo sostiene, formada por nodos, mineros y un sistema de incentivos diseñado para funcionar sin intermediarios.
Esa red es la verdadera innovación. Bitcoin permite transferir valor entre personas sin necesidad de bancos, gobiernos o entidades centrales, resolviendo un problema histórico de confianza: cómo garantizar que una transacción sea válida cuando las partes no se conocen entre sí.
A diferencia del dinero tradicional —emitido por bancos centrales y respaldado, en gran parte, por deuda estatal—, Bitcoin tiene una oferta limitada desde su origen. Solo existirán 21 millones de unidades. No hay posibilidad de emisión arbitraria ni de decisiones políticas que alteren su escasez.
Esta característica lo convierte en el primer activo digital realmente escaso. Incluso el oro, tradicional refugio de valor, tiene una inflación anual estimada entre el 2 y el 3 %. Bitcoin, en cambio, tiende a la deflación: hay monedas que se pierden para siempre por errores de custodia o claves inaccesibles. “El valor de esta criptomoneda no está en el código —que cualquiera puede copiar—, sino en el consenso y en la red que ya lo utiliza”, explica Andrés. Como ocurrió con Internet, el efecto red es el verdadero respaldo.
¿Reserva de valor, medio de pago o amenaza al sistema actual?
Cuando se presentó en 2009, tras la crisis financiera global, su objetivo era funcionar como un sistema de pagos “peer to peer”. De hecho, el bloque génesis incluye un mensaje crítico contra los rescates bancarios, una declaración política incrustada en el propio código.
Sin embargo, la evolución fue distinta. La volatilidad y la revalorización sostenida llevaron a que Bitcoin se consolidara más como reserva de valor que como medio de pago cotidiano. Pagar un café con un activo que podría valer mucho más en el futuro tiene un alto costo de oportunidad.
Hoy, ese rol de pagos lo cumplen mejor las stablecoins, monedas digitales vinculadas al dólar o al euro, mientras Bitcoin ocupa un espacio similar al del “oro digital”. Aun así, Andrés advierte: “En términos de comportamiento de mercado, la criptomoneda todavía se mueve más como un activo tecnológico que como una reserva de valor madura”.
Uno de los grandes errores de comunicación, señala, fue vender Bitcoin como una vía rápida para hacerse rico. Esa narrativa atrajo especulación, pero alejó comprensión. Otro problema fue asociarlo casi exclusivamente a actividades ilícitas. La realidad es menos sensacionalista: Bitcoin es un registro público y transparente, donde todas las transacciones pueden auditarse. El uso criminal existe, pero representa una fracción menor frente al volumen total. Paradójicamente, su transparencia ha permitido detectar fraudes y delitos con mayor facilidad que en sistemas financieros opacos.
¿Hasta cuánto puede llegar a valer Bitcoin en 2026? Andrés evita cifras cerradas, pero apunta a un factor decisivo: el momento en que el mercado comprenda que Bitcoin es más transportable que el oro, más barato de custodiar y más sencillo de verificar, su adopción podría acelerarse de forma estructural.









