En una era saturada de información sobre salud, bienestar y longevidad, muchas personas llegan a un mismo punto de quiebre: quieren cuidarse, pero no saben por dónde empezar. Dietas contradictorias, rutinas imposibles, suplementos milagro y una presión constante por hacerlo todo bien generan, paradójicamente, más estrés que soluciones.
Ray Ramis, especialista en salud integral y rendimiento humano, conoce bien ese laberinto. No solo desde la teoría, sino desde una historia personal marcada por la enfermedad, la búsqueda, el cuestionamiento constante y el estrés. “No somos un órgano aislado. Somos un sistema completo”, resume. Y en esa frase se condensa toda su filosofía.
Dos enfermedades que cambiaron una vida
El punto de partida de su camino no fue una moda ni una certificación. Fue el impacto emocional de ver enfermar a sus padres cuando él apenas era un adolescente. Su madre sufrió un infarto con solo 42 años y, poco después, desarrolló una enfermedad de salud mental que la dejó prácticamente aislada durante años.
“Yo no entendía nada. Me preguntaba por qué pasaba esto, qué fallaba”, recuerda Ramis. Esa necesidad de comprender —un rasgo que lo acompañó desde niño— se transformó en vocación. Estudió naturopatía, medicina tradicional china y distintas corrientes de medicina integrativa, desarrollando una mirada holística que hoy aplica en consulta.
Uno de los conceptos centrales de su enfoque es la distinción entre lo físico y lo mental, sin separarlos. “Podemos analizar digestión, microbiota, hormonas o sueño, pero si no entendemos cómo piensa y siente la persona, el trabajo queda incompleto”, manifiesta.
Para Ramis, la salud se construye sobre tres realidades: la biológica, la mental y la emocional o espiritual. Ignorar cualquiera de ellas lleva a soluciones parciales y, muchas veces, al fracaso. “Buscamos la píldora mágica cuando lo que necesitamos es entender por qué actuamos como actuamos”, asegura.
La sociedad del exceso de información y del estrés

Ramis observa una paradoja clara en la sociedad actual. Nunca hubo tantas ganas de cambiar ni tanto acceso al conocimiento, pero tampoco tanto desorden. “Vivimos atrapados en picos de dopamina. Leemos, escuchamos podcasts, nos motivamos… y no aplicamos nada”.
Ese consumo compulsivo de información genera confusión y frustración. La gente quiere cuidarse, pero no sabe si empezar por la dieta, el sueño, el ejercicio o la meditación. “El problema no es la falta de voluntad, es la falta de dirección”, sostiene.
Lejos de demonizarlo, Ramis explica que el estrés es una herramienta evolutiva fundamental. “Hemos llegado hasta aquí gracias al estrés. El problema es cuando se vuelve crónico y no hay vuelta a la calma”.
Para medir cómo se gestiona ese estrés, utiliza un marcador cada vez más conocido: la variabilidad de la frecuencia cardíaca (VFC). Este parámetro refleja la capacidad del cuerpo para adaptarse. “Cuando hay coherencia entre lo que piensas, sientes y haces, la variabilidad es alta. Cuando no, el sistema se bloquea”.
Sudar, mineralizar y simplificar

En un contexto obsesionado con batidos detox y suplementos, Ramis propone volver a lo básico. “La piel es el mayor órgano de eliminación que tenemos. Sudar limpia más que cualquier moda”, agrega. Algo similar ocurre con el magnesio, uno de los suplementos más consumidos. Según explica, el problema no es la falta de magnesio, sino el exceso de azúcar. “El azúcar secuestra el magnesio y acelera su eliminación. Si reduces el azúcar, muchas veces no necesitas suplementar”.
Lo mismo aplica al agua. “No se trata solo de hidratarse, sino de mineralizarse”. Filtrar el agua y reponer minerales es clave para una hidratación celular real. Ray Ramis coincide con la mayoría de expertos en longevidad en un punto central: no hay una dieta milagro. “La dieta para la longevidad es la dieta mediterránea”.
Grasas de calidad, alimentos reales y simplicidad. Pero hay un factor aún más determinante: la socialización. “La comunicación humana es uno de los mayores predictores de longevidad. El aislamiento enferma”.
En cuanto al movimiento, no habla de entrenamientos extremos. “Caminar más de 10.000 pasos al día y entrenar fuerza es una base mínima”. La clave está en recuperar la flexibilidad metabólica: que el cuerpo vuelva a saber usar grasa, glucógeno o fosfocreatina según la demanda.








