Durante mucho tiempo, al hablar de TDAH se ha señalado con el dedo. A los padres. A la escuela. Al carácter del niño. A la supuesta “falta de límites”. Y, sin darnos cuenta, hemos cargado de culpa a muchas familias y de incomprensión a muchos niños. Pero la realidad —la que ya no se puede negar— es otra muy distinta. El TDAH no nace en la educación: nace en el cerebro. Tiene una base genética, neurobiológica, medible. No es un capricho, no es una moda, no es una etiqueta fácil.
Y luego está el nombre. “Déficit de atención”. Como si el problema fuera no prestar atención. Pero no es eso. La atención está ahí. A veces incluso en exceso. Lo que falla es el mando a distancia. Gobernarla. Dirigirla. Por eso pasa algo que desconcierta tanto: un niño puede pasarse horas concentrado en algo que le apasiona —un juego, un dibujo, una historia— y, sin embargo, no lograr sostener la atención en tareas que no le despiertan nada por dentro. No es desinterés. No es pereza. Es dificultad para regular. Y cuando entiendes eso… todo cambia.
Un cerebro distinto (y quizá no tan equivocado)

Hubo un tiempo en el que se pensaba que el TDAH era culpa de una mala crianza. Hoy sabemos que esa idea está superada. El entorno influye, sí, pero no es el origen. El origen está en cómo se desarrolla y funciona el cerebro.
Y aquí viene una idea que a mí me resulta casi poética: ¿y si algunos de los rasgos del TDAH no fueran un “fallo”, sino una herencia de otra forma de estar en el mundo? La impulsividad, la curiosidad constante, la necesidad de explorar, la rapidez para decidir… En otros tiempos, eso pudo ser una ventaja. Para descubrir caminos, reaccionar ante peligros, avanzar cuando otros dudaban. Quizá no estemos ante un cerebro defectuoso, sino ante un cerebro que no encaja bien en un mundo diseñado para la quietud, la repetición y la obediencia. Y eso duele. Porque el problema no es ser distinto, sino vivir en un entorno que no sabe qué hacer con esa diferencia.
Niños, niñas y el TDAH que no se ve

Las estadísticas dicen que se diagnostica más a niños que a niñas. Pero la realidad es más compleja. En los niños, el TDAH suele ser ruidoso: movimiento, impulsividad, interrupciones. Se ve. Se nota. Molesta. En las niñas, muchas veces es silencioso: despistes, dificultad para organizarse, esa sensación de ir siempre un paso por detrás aunque sean inteligentes. Y como no encajan en el estereotipo, pasan desapercibidas.
He conocido mujeres adultas que, al recibir el diagnóstico, han llorado. No de tristeza. De alivio. “Entonces no era que yo fuera vaga, ni torpe, ni despistada sin remedio…” Era otra forma de funcionar. Años y años creyendo que algo estaba mal en ellas, cuando lo único que faltaba era comprensión.
Cuando se crece sin saber qué te pasa

El TDAH no desaparece al cumplir años. Cambia de forma, se disfraza, pero sigue ahí. En la vida adulta puede afectar al trabajo, a las relaciones, a la autoestima. Llegar tarde. Olvidar cosas importantes. Saltar de una idea a otra. Y escuchar, una y otra vez, que eres “despistado”, “poco constante”, “inmaduro”.
Y lo más injusto es esto: no tiene nada que ver con no querer, con no sentir, con no empatizar. Al contrario. Muchas personas con TDAH sienten mucho. Demasiado, a veces. Pero su mente va a otra velocidad.
Cuando no hay diagnóstico ni apoyo, aparecen los riesgos. Más impulsividad. Más decisiones hechas sin freno. Y, en algunos casos, la automedicación. Adultos que descubren que ciertas sustancias no les excitan… les enfocan. Les ordenan la cabeza. Les dan una calma que nunca han tenido. Es comprensible. Y, a la vez, tremendamente peligroso.









